Últimamente no hay jueves que después de la emisión de El Café de la Lluvia me haga una tila, ¿la razón? Ha llovido desde la primera vez que me puse detrás de un micrófono. Aquel viernes de noviembre del año 2011 comenzó una aventura cuyo final aún está por escribir. Si estaba nervioso antes de balbucear cuatro palabras con el piloto en rojo, cuando finalizó el programa no sabía dónde meterme. Un nuevo universo se abría ante mí. Aquella experiencia me cambió la vida y fui consciente tras salir por aquella puerta oculta en una calle del norte de Madrid. La lluvia y la fría brisa otoñal acompañaron una celeridad…