Últimamente no hay jueves que después de la emisión de El Café de la Lluvia me haga una tila, ¿la razón?
Ha llovido desde la primera vez que me puse detrás de un micrófono. Aquel viernes de noviembre del año 2011 comenzó una aventura cuyo final aún está por escribir. Si estaba nervioso antes de balbucear cuatro palabras con el piloto en rojo, cuando finalizó el programa no sabía dónde meterme.
Un nuevo universo se abría ante mí. Aquella experiencia me cambió la vida y fui consciente tras salir por aquella puerta oculta en una calle del norte de Madrid. La lluvia y la fría brisa otoñal acompañaron una celeridad sin frenos. Por suerte pude quedar con algunos buenos amigos y en parte soltar todo lo que tenía dentro.
Han pasado prácticamente 15 años y la sensación que anida mi alma cada vez que la emisión finaliza es la de un fuego que se aviva más y lo cierto es que en la presente temporada se ha incrementado.
Una vez que termina el programa, alrededor de las 23.00h, necesito controlar ese fuego interior que corre por todo mi cuerpo y con el que podría seguir emitiendo toda la noche sin problema. Es necesario aislarse y perderse en la soledad del salón familiar. Para ello y con el ánimo de dormir un puñado de horas durante la noche, me hago una tila.
Me encanta contemplar el bullir del agua en la tetera, su posterior derramamiento en la vieja taza y el humo blanco que asoma en espiral después de mezclarse con las flores del tilo. Cuando mis labios besan su inconfundible sabor el fuego se calma y desconecto, no sólo del universo de El Café de la Lluvia, sino de todas las cuestiones del día a día.
A veces un libro o una canción acompañan el ritual, otras ocasiones la mirada perdida en la pared o asomada por la ventana. Lo importante es serenar y descansar, darse ese tiempo indomable que se desprende de las manecillas del reloj.
Javier F. Negro


