De Rhodes a Thomas Mann y la cordura a merced de la música (I)

De todos los años en los que trabajé en librerías recuerdo con especial intensidad la época de verano, cuando venían los clientes a aprovisionarse de lecturas para sus vacaciones. Yo también elijo lecturas para esos días (imprescindibles en mi maleta). Sin embargo, este verano ha sido algo distinto. No he sido yo la que ha buscado qué me apetecía leer, han sido ellos (los libros) los que me han elegido a mí. Estuve pensando varios temas para continuar con la sección del Café: tomé café con leche, capuccino, café bombón, vienés, colombiano…, pero la inspiratio no llegaba. Y de repente, curioseando en una librería por mi ciudad, estaba allí. Hacía dos años que me estaba llamando, pero no tenía valor para leerlo. Así que lo hice. Siempre hay que intentarlo, lo que sea, y decidir si realmente puede servirte de algo o no esa experiencia.

Así que fui al mostrador, hablé largo y tendido con el dependiente (cuánto echo de menos esas charlas con los lectores-clientes) y me lo llevé a casa dentro de mi bolso, llamándome, gritándome, exigiéndome una oportunidad.
Y no me equivocaba. Lo saboreé y degusté como esos libros que te marcan y de los que nunca podrás desprenderte. Se trataba de Instrumental, de James Rhodes (Blackie Books, 2015).

Portada de Instrumental, de James Rhodes.

El autor vive desde hace más de un año en Madrid, está enamorado de la diversidad del español y curiosamente con un nivel de conciencia social y lucha tales que hasta el presidente de Gobierno se ha entrevistado con él. En su libro habla sobre las violaciones que sufrió durante su infancia por parte de su profesor de gimnasia y las secuelas que tuvo por ello, tanto físicas como psicológicas; cicatrices que están presentes durante toda la vida. Es un libro duro, no sensacionalista, pero sí sincero, directo, y lo que me parece que más lo define, es un libro valiente. Poner nombre a las cosas es importante para hacerlas más reales y poder afrontarlas: no abuso, violación; no loco, enfermo; no víctima, sino ahora por fin luchador.

A pesar de existir tantas y tantas publicaciones acerca de la «locura», del mindfulness, yoga, sexo tántrico, endorfinas, lexatines y un largo etc., no tenemos ni idea de cómo gestionar las emociones que nos frustran. Aunque intentos ha habido varios.

Lo que me he propuesto para esta nueva temporada en El Café de la lluvia es descubrir relatos en los que se aborden temas en los que todavía exista sobre ellos la sombra oscura del tabú, de la censura. Creo que este libro es una magnífica manera de comenzar (Figura 1). Hablemos, pues, de memoria, música, medicina y locura.

Figura 1. Portada de Instrumental, de James Rhodes.

Instrumental de Rhodes es sólo el comienzo

Hace algo más de un año que James Rhodes vino a vivir a Madrid. En este tiempo se ha integrado tanto en la vida cultural española que colabora en un programa de televisión, ofrece conciertos gratuitos, está aprendiendo castellano y ha logrado que el Gobierno modifique la Ley de Protección Integral frente a la Violencia contra la Infancia, para endurecer las penas de los violadores y proteger a los niños y niñas de cualquier tipo de violencia contra ellos. En España se le conocía desde hacía poco. A raíz de la publicación de su primer libro, el pianista fue entrevistado por Jordi Évole en un programa gracias al cual se empezó a poner nombre a temas que lamentablemente se encontraban (y encuentran) en la oscuridad: hablaba de violaciones (no abusos) a menores y sus consecuencias, de la superación, del poder de la música y de la música clásica en particular, de lo que cuenta y de cómo la entiende e interpreta él.

En su primer libro (autobiográfico), como si se tratara de un concierto, nos presenta distintos capítulos de su vida introduciéndolos con piezas musicales que han tenido un significado importante para él, explica cómo y por qué se compusieron y lo que supuso en su vida conocerlas. Y comienza la sesión. El excéntrico músico aparece ante el público sin esmoquin, en zapatillas, recupera la idea de música, medicina y locura, como si del propio Thomas Mann y su Montaña mágica se tratara.

Sin embargo, a pesar de su lenguaje común, lleno de tacos, sincero y rápido, el autor busca algo más oscuro y profundo que el mero divertimento. En sus conciertos habla con el público, se puede beber durante la función, te ríes, y el vínculo es tan estrecho como si estuvieras en una sala pequeña viendo a un cantautor o solista:

La música clásica me la pone dura.
[…] Vosotros y yo estamos conectados de forma inmediata a través de la música. Yo la escucho. Vosotros la escucháis. La música ha empapado nuestras vidas y ha influido en ellas tanto como la naturaleza, la literatura, el arte, el deporte, la religión, la filosofía y la televisión. Es la gran unificadora, la droga preferida de los adolescentes de todo el mundo. Brinda consuelo, sabiduría, esperanza y calidez; lleva haciéndolo miles de años. Es medicina para el alma. Hay ochenta y ocho teclas en un piano y, dentro de ellas, un universo entero (Instrumental, p. 7).

Ya en las primeras páginas nos damos cuenta de que no es ni una autobiografía más, ni un músico más. Las reglas del decoro ya no existen, ni tampoco los eufemismos. Durante 279 páginas nos abre su alma y podremos sentir su dolor y frustración… y la salvación, el perdón, la cura. Como un aria en la que al acabar la cantante queda exhausta, Rhodes conecta con el lado humano de las personas, que a veces perdemos ante tanta vorágine:

[…] Pero es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma muy literal, y creo que también la de un montón de personas más (Instrumental, p. 8).

Y parece como si todo tuviera sentido. Todos esos años de sufrimiento los transforma en algo útil. Quiere cambiar la sociedad, sí, visibilizar algo tan duro como es la violación de menores y las enfermedades mentales, pero también denunciar el elitismo de la industria musical:

[…] Entre otras cosas, quiero que este libro proponga soluciones a esta degradación descafeinada e interesada de la industria de la música clásica que nos han forzado a aceptar en contra de nuestra voluntad.
[…] E intercalada en medio de todo esto va a estar la historia de mi vida. Porque es una historia que demuestra que la música es la respuesta a aquello que no la tiene (Instrumental, p. 9).

El primer libro de Rhodes, este moderno caballero cruzado, irreverente, «vanidoso, egocéntrico, superficial, narcisista, manipulador, degenerado, pelota, quejica» (Instrumental, p. 10), como se define a sí mismo, podría ser tachado de oportunista, sensacionalista; pero creo que a pesar de todo lo que se le pueda llamar, lo considero una oportunidad para descubrir que aún nos queda mucho por mejorar en la sociedad actual y que la música, afortunadamente, sigue constituyendo una poderosa arma cargada de futuro.

 

Mary Nafría