Pasan los años y El Café de la Lluvia celebra su 14 aniversario como espacio crítico e independiente que versa acerca de cultura, ciencia y educación.
No ha sido fácil llegar hasta aquí. El Café de la Lluvia es un refugio para aquellas personas que quieren mantener la mente despierta y el alma inquieta. Incómodos y transgresivos en un mundo de cordón y terciopelo de opiniones fabricadas por factorías asociadas a corrientes políticas. Convencidos de ser un programa para una inmensa minoría de personas que nos acompañan durante las noches de los jueves o en cualquier otro momento. Sólo caben palabras de agradecimiento hacia una comunidad de la que aprendemos cada día.
Con la experiencia adquirida y las cicatrices marcadas, El Café de la Lluvia contempla el horizonte como El caninante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich. Con la pausa y serenidad que caracteriza el espacio, toca seguir trabajando con el claro objetivo de cambiar un tablero definido por un sistema que nos quiere dentro de la fatal espiral de la irrelevancia. El reto es mayúsculo y como decía Roberto Iniesta, «lo importante es el camino».
De versos, utopías y otros lienzos. Se hace camino al andar
Con el fuego prendido en un corazón que no cesa su latido, El Café de la Lluvia sigue a paso firme a golpes de ilusión. Los viejos versos del poeta sevillano se cuelan en el salón familiar repitiendo que «se hace camino al andar». Los libros empolvados saludan al posar la mirada en sus lomos de cuero y la cafetera silba dibujando trazos en el aire que evocan a un William Turner incomprendido. Porque los delirios también son esencia de este proyecto.
Larga vida. Gracias por tanto.
Javier F. Negro


