El funcionario de la vaca gigante

Hastiado del mundo embustero, y de sus extravagancias, busca en los caminos solitarios de los campos los secretos de la naturaleza. Jean-Jacques Lequeu, nota en una carta de De Barante, 1815. 

Tumba de Porsena, de Jean-Jacques Lequeu, ejemplo de la arquitectura revolucionaria de Francia vinculada al ambiente de la Revolución.
Orthographie du tombeau de Porsenna, de Jean-Jacques Lequeu, 1793. Fuente: https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b7703185z.

UNA TUMBA ETRUSCA

En el siglo i, Plinio el Viejo (NH 36.19) describió el mausoleo desaparecido del legendario rey etrusco Porsena como símbolo de la ostentosidad arrogante de los reyes extranjeros. Según él, la tumba estaba en un intrincado laberinto subterráneo y, sobre ella, se levantaba un gigantesco monumento en el que se superponían varios niveles de pirámides; en lo alto, grandes campanas colgaban de cadenas a merced del viento. Ni siquiera Plinio le dio mucha credibilidad a su existencia, limitándose a citar un manuscrito perdido de Varrón. A pesar de ello, muchos arquitectos modernos han elucubrado sobre los detalles del diseño para imaginar cómo pudo haber sido realmente.

Jean-Jacques Lequeu (1757-1826) fue uno de esos arquitectos, aunque él no tenía ninguna intención de imaginar nada que fuese posible. Al contrario, lo imaginó más grande, más increíble, más imposible: potenció su altura vertiginosa añadiendo conos y columnas a las pirámides, trastocó sus proporciones incluyendo una gigantesca esfera y, en medio de esa estructura colosal, colocó una humilde taza etrusca que simbolizaba la esencia de su origen primigenio. Vean cómo una tumba arcaica se convierte en una torre de ciencia ficción.

De todas formas, Lequeu no fue un arquitecto normal. Si piensan en la arquitectura de finales del siglo xviii probablemente visualicen algún edificio elegante y equilibrado, con columnas, cúpulas y frontones clásicos, como la Casa Blanca en Washington o el Panteón de París. Si piensan en la arquitectura de finales del siglo xviii probablemente no se imaginen esta torre futurista, un templo en forma de pene o una vaca gigante.



ARQUITECTURA REVOLUCIONARIA

En la Francia de la Ilustración, cierto círculo de arquitectos abordó la necesidad de renovación que conllevaba el proyecto revolucionario que se estaba fraguando. La arquitectura revolucionaria, variante del Neoclasicismo, retomaba elementos de la Antigüedad clásica para reinventarlos desde las nuevas concepciones simbólicas de los ideales utópicos, democráticos, laicos y sociales en la creación de nuevos espacios públicos. Las grandes estrellas de este movimiento fueron Étienne-Louis Boullée y Claude-Nicolas Ledoux, que se convirtieron en referentes tras la Revolución. Ciertamente, sus diseños más radicales, los realmente revolucionarios, nunca fueron realizados o se aplicaron muy puntualmente, como las futuristas fábricas de Ledoux.

Lequeu, más joven, siguió los pasos necesarios para integrarse en esa corriente: viajó por Italia, ejerció de incipiente arquitecto en Rouen y París, y fue un precoz profesor de dibujo, para el que tenía un talento único. Así, cuando llegó la Revolución, él estaba listo. En pleno fragor revolucionario, ofreció varios diseños patrióticos que fueron bien acogidos, como un extravagante arco al estilo del Coloso de Rodas dedicado al Comité de Seguridad Pública; en el reverso del dibujo original escribió: «Dibujado para salvarme de la guillotina. Todo por la patria». Ahí tienen a un cínico sobreviviendo.

Le grand bailleur, autorretrato de Jean-Jacques Lequeu, ejemplo de la arquitectura revolucionaria de Francia vinculada al ambiente de la Revolución.
Le grand bailleur, autorretrato de Jean-Jacques Lequeu. Fuente: https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b77033669.

Sin embargo, Lequeu fue uno de los muchos artistas e intelectuales que participaron del proceso pero finalmente quedaron marginados en la cultura oficial de la nueva Francia. Nunca sería el arquitecto famoso que prometía ser. Simplemente, sobrevivió. En 1793 comenzó a trabajar en el catastro de París, más tarde en el Departamento de Interior y el de Estadística. El resto de su vida sería un funcionario dedicado a actualizar planos e informar proyectos urbanísticos. Observen su autorretrato bostezando.

LAS DOS VIDAS DE JEAN-JACQUES LEQUEU

Lequeu se convirtió en una persona anónima. Conocemos su existencia porque en el siglo xx se rescataron sus papeles personales almacenados en la Bibliothèque Nationale. Esos papeles nos cuentan que, tras la Revolución, su realidad se desdobló: por un lado, desempeñaba su anodino trabajo burocrático; por otro, siguió dibujando en el miserable apartamento alquilado donde vivía solo. Definitivamente, estaba fuera, así que ya no tenía que amoldarse a necesidades o tendencias.

Se conservan cientos de bocetos, muchos sin fechar, acompañados con notas sueltas, a menudo enigmáticas, incoherentes y mal escritas, impropias de alguien formado y en sus cabales. Hay dibujos de órganos sexuales, monjas lascivas, prostitutas disfrazadas y personajes andróginos. Hay autorretratos en los que juega con su identidad, a veces como un artista formal y empelucado, otras haciendo muecas con atuendo de manicomio. Y, junto a ellos, hay numerosos estudios arquitectónicos de una gran precisión técnica y brillante presentación artística, aunque resultan totalmente desconcertantes.

Sus obras son muy difíciles de clasificar. Algunas encajan en el estilo revolucionario, sencillas y grandiosas, como el Templo de la Tierra, pero otras constituyen un auténtico caos. Utilizó motivos parlantes y orgánicos que representaban la función del edificio con raros efectos teatrales: un polvorín cuyo acceso son unas fauces, una puerta de templo que parece de humo, el arco de un parque compuesto por cabezas de animales, un santuario del Creador que consiste en un pene enorme o un establo con forma de vaca gigante. Quizá les parezca la obra de un loco.



UN PASADO EXTRAÑO

Además, como la Tumba de Porsena, estos juegos incluían una mezcla indiscriminada de temas históricos. Por supuesto, el Neoclasicismo se basaba en modelos grecorromanos y el naciente Romanticismo buscaba en la Edad Media y Oriente; Lequeu también miró al pasado, pero el suyo era un pasado extraño. En sus obras, los elementos clásicos, asiáticos y góticos forman una amalgama excéntrica sin ningún orden lógico ni coherencia con su sentido original. Empleó los mismos referentes ancestrales pero transgrediendo las reglas sobre cómo utilizarlos, ya fuese por su extrema simplificación, exageración o abundancia.

Pueden ver castillos sobre el mar reducidos a su geometría más pura, pero también exóticas casas indias y chinas disparatadamente recargadas, todo salpicado de motivos griegos, itálicos o egipcios con tamaños y ubicaciones inéditas. Socavó los códigos estéticos preestablecidos y descompuso los elementos de la realidad natural e histórica para aplicarlos de una manera desmesurada y fantástica a una arquitectura irrealizable. Esta subversión artística, adornada con anotaciones impías y corrosivas, constituía su particular ofensiva irónica contra la tradición, cuestionando las convenciones de la academia y la moda, la iconografía tradicional y los programas institucionales, lo que, a fin de cuentas, suponía cuestionar la autoridad.

Templo de la Tierra, de Jean-Jacques Lequeu, ejemplo de la arquitectura revolucionaria de Francia vinculada al ambiente de la Revolución.
Temple de la Terre, de Jean-Jacques Lequeu, 1793. Fuente: https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b7703116q.

LA CARTA DE UN JUBILADO

Es una tentación especular sobre Lequeu. En el peor de los casos, se le tacha de desequilibrado mental; en el mejor, se le alaba como un visionario que anticipó conceptos del surrealismo y el posmodernismo un siglo antes.

Realmente, Lequeu no era ajeno a su tiempo, al contrario, era un compendio brutal del mismo: su recreación megalómana de lo antiguo recuerda a Piranesi, su experimentación geométrica debe mucho a Boullée y su exploración del sexo tiene que ver con el Marqués de Sade. Su visión se encuentra entre las ideas ilustradas más radicales, aquellas que se quedaron sobre el papel o se pudrieron en las cárceles, las que fueron arrinconadas en los márgenes de la cultura dominante tras la Revolución. Cuando la arquitectura revolucionaria se asentó en su versión conservadora, Lequeu continuó pensando y probando, aunque aislado, obsesionado y neurótico.

Desde luego, estaba resentido por no haber sido aceptado entre la élite como creía merecer. Al jubilarse escribió una carta denunciando la corrupción de las concesiones públicas y los académicos oficiales (Larga nota sobre los chanchullos en los edificios civiles). Probablemente tenía razón, pero no tuvo ninguna repercusión. Justo antes de morir donó sus papeles a la biblioteca porque intentó venderlos por un anuncio de periódico y nadie los quiso. Ahí tienen al anciano Lequeu buscando caminos sin salir de su casa, protestando sin que nadie se entere, dibujando sin que nadie lo vea.

Para leer más

Vidler, A. (1997). El espacio de la Ilustración: la teoría arquitectónica en Francia a finales del siglo xviii. Madrid: Alianza.

Baridon, L. et al. (2018). Jean-Jacques Lequeu: bâtisseur de fantasmes. París: Bibliothèque Nationale de France – Éditions Norma.

Boeri, E. (2018). Jean-Jacques Lequeu, un atlas des mémoires. París: Editions des Cendres.

Tomás Aguilera Durán

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