Escenarios paralelos

Numancia habla de heroísmo. Un heroísmo dramático y sobrehumano; pero también habla de impotencia y de fracaso. La historia de España está llena de gloriosos fracasos, José Ojeda (La Libertad: diario republicano independiente, 28/12/1937, p. 4).

 

La tumba del fascismo

Figurín de un romano de Santiago de Ontañón para la Numancia de Rafael Alberti, 1937, http://bit.ly/2t8VWUK

Es 26 de diciembre de 1937. Estamos en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Allí se estrena una versión de la Numancia de Miguel de Cervantes adaptada por Rafael Alberti. Los bombardeos retumban en la techumbre, según escribirá la directora del teatro. Madrid lleva más de un año resistiendo los asaltos del ejército sublevado. En el entreacto se arrojan al patio de butacas banderas franquistas arrebatadas en la batalla de Teruel para que el público las rasgue y pisotee.

Obviamente, la elección de Numancia no es casualidad. El propio Alberti escribirá en su prólogo: en el ejemplo de resistencia, moral y espíritu de los madrileños de hoy domina la misma grandeza y orgullo de alma numantinos. Además, su versión de la tragedia termina con estos versos:

le cavaré un abismo y otro abismo
al sediento chacal alemán e italiano,
que España será al fin la tumba del fascismo.

Desde luego el poeta no fue muy sutil. La Numancia de 1937 representaba la resistencia de la España republicana ante el ejército franquista durante la Guerra Civil. Era un teatro de circunstancias, como él mismo lo definió, que pretendía arengar a los madrileños para la resistencia a toda costa. Pero lo cierto es que ha habido otras Numancias progresistas, como la adaptación de Marcel Paston, que se estrenó en París ese mismo año, o la de Alfonso Sastre, que escribirá en 1968. La de Alberti forma parte de una tradición liberal sobre Numancia que la interpretó como una muestra de rebeldía popular, que convirtió el mito antiguo en un símbolo de la defensa de la libertad.

La epopeya española

Cartel de André Masson para la Numance de Marcel Paston, 1937 (Museo Nacional Reina Sofía: http://bit.ly/2u33OUI)

Es 17 junio de 1961. Estamos en el Teatro Romano de Mérida. Allí se estrena una versión de la Numancia de Miguel de Cervantes adaptada por José Mª Pemán y Francisco Sánchez Castañer. Todos insisten en la espectacularidad de la escenografía. Por otro lado, asisten las autoridades locales y regionales: alcaldes, gobernadores civil y militar, el presidente de la Diputación provincial y el obispo. Aunque la prensa destacará especialmente una presencia, la de la Marquesa de Valverde, que, como colofón, recibe un ramo de claveles entre los aplausos del público. Por cierto, su título nobiliario desapareció en el siglo XVII y acababa de ser restituido en 1952. Tras el estreno, todas las autoridades fueron invitadas a una cena fría en la Sociedad de Tiro de Pichón.

Antes de eso, el propio Pemán pronuncia un discurso, mencionado luego en ABC, en el que explica cuál era el mensaje que debe extraerse de la obra que acababa de contemplarse: la epopeya numantina es un símbolo universal, ya que España demostró siempre a Europa cómo podía y debía sacrificarse y luchar contra la injusticia.

 

Escena de la Numancia de José Mª Pemán y Francisco Sánchez Castañer, 1961 (Fotograma del NODO, 26/06/1961, http://bit.ly/2s5n7jE)

La Numancia de 1961 simbolizaba el triunfo de un proyecto político. Representaba la resistencia del régimen de Franco, que se había enfrentado a un contexto internacional a veces adverso. Celebraba que había sobrevivido adaptándose a las circunstancias mientras mantenía su identidad. Pero lo cierto es que ha habido otras Numancias españolistas, como la del ensayo anónimo Numancia. El espíritu de una raza, de 1970, o la de los libros escolares de la posguerra. La de Pemán forma parte de una tradición reaccionaria sobre Numancia que la interpretó como una muestra de la resistencia española frente a los invasores extranjeros, que convirtió el mito antiguo en un símbolo de la esencia nacional.

El mismo episodio simboliza dos causas antagónicas: la resistencia a un sistema y su celebración al mismo tiempo. Numancia fue Madrid y fue el Alcázar de Toledo. Dos escenarios, dos Españas, dos mitos que son el mismo: un mito de guerra y de sangre, de impotencia y fracaso. Ninguna versión es auténtica: Numancia no fue nacionalista, ni comunista, ni fascista; aunque puede serlo, si se quiere. Numancia sí es, ante todo, un buen ejemplo: representa la versatilidad del mito, la relatividad del símbolo.

Tomás Aguilera Durán (@taguileraduran)

Para leer más:

Bernat, A. (2001): “Rafael Alberti y «La Numancia» de Cervantes”, en Volver a Cervantes, Palma de Mallorca, vol. 2, 1177-1200.

Jimeno, A. y Torre, J. I. de la (2005): Numancia, símbolo e historia, Tres Cantos.

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