De Italia a la Ciudad Prohibida

En octubre de 1967 pocos fueron los medios de prensa que se hicieron eco de la muerte de un tal Aisin-Gioro Pu Yi, más conocido como Puyi. No se trataba de la muerte de una persona normal y corriente, se trataba de la muerte del que había sido el último emperador de la dinastía Qing, o lo que es lo mismo, el último emperador de China. Tanto su nombre como su historia cayeron en el olvido en occidente, hasta que 20 años después, el gran cineasta Bernardo Bertolucci, lo rescató.

Hablar de Bertolucci es hablar de uno de los grandes nombres de la historia del cine. Comenzó a desempeñarse en la década de los 60 tanto en el campo de la dirección como en la elaboración de guiones (mucha gente se olvida que fue el quien escribió el guion de la obra maestra de Sergio Leone, Hasta que llegó su hora). En los 70 dirigió dos de sus grandes éxitos, El último tango en París y la grandísima Novecento. Le siguieron obras de dudosa calidad, pero para entonces Bertolucci ya estaba trabajando en la que sería una de sus grandes historias, y uno de los filmes más exitosos de todos los tiempos, El último emperador.

Rodando en la Ciudad Prohibida

El propósito del director era contar la historia de Puyi, desde su infancia hasta el final de sus días, un proyecto a priori bastante arriesgado si se pensaba en su aceptación en el mercado occidental, pero Bertolucci se lanzó de lleno con el proyecto. Rodar en China no era nada fácil en la década de los 80, pocos habían sido los directores extranjeros que hasta el momento habían podido hacerlo. Para evitar, o reducir, dichas trabas, Bertolucci negoció para que China se sumara a la producción de la película, convirtiéndola así en un filme internacional coproducido por Italia, Francia, Reino Unido y China. Esta estrategia reducía considerablemente las trabas que el gobierno chino podía interponer al rodaje, aunque realmente nunca vio con buenos ojos la realización del filme.

Escena de la película en la Ciudad Prohibida

Contar la historia de Puyi, coronado en la Ciudad Prohibida de Pekín como emperador y recluido entre sus muros hasta 1924, requería grabar en la propia Ciudad Prohibida, algo totalmente impensable. Nadie, salvo 2 directores chinos, y bajo fuertes restricciones, había podido grabar en el interior del recinto. Por ejemplo, para el rodaje de 55 días en Pekín, se construyó un enorme set de rodaje de cartón piedra en Las Rozas (Madrid), para recrear la Ciudad Prohibida.

Pero Bertolucci no quería un decorado falso de cartón piedra, quería rodar en la auténtica Ciudad Prohibida, y tras una durísima y largas negociaciones se consiguió el visto bueno del gobierno chino, incluso para introducir el rodaje en estancias tan protegidas como el Salón del Trono, todo ello bajo un estricto control. Por ejemplo, se negó la posibilidad de instalar los tradicionales railes de rodaje para las cámaras, por lo que tuvieron que emplearse cámaras especiales con soportes para mantenerlas estables. El gobierno concedió únicamente 3 semanas para el rodaje en el interior de la ciudad, tiempo que se cumplió a rajatabla. Un rodaje que, además, contó con la participación de más de 19.000 extras.

Puyi, la historia de China

Bertolucci nos ofrece un retrato meticuloso (aunque con aspectos que poco o nada tuvieron que ver con la realidad) de la vida de Puyi que se convirtió en emperador en 1908 con tan solo 2 años, y cuyo reinado de facto finalizó en 1912, cuando una serie de revueltas culminaron con el establecimiento de la república. Puyi siguió viviendo en su pequeño reino de la Ciudad Prohibida hasta 1924, controlado realmente por sus eunucos, y donde fue educado por el diplomático británico Reginald Johnston (interpretado en el film por Peter O’Toole).

Fotografía de Puyi

Tras su expulsión de la Ciudad Prohibida en 1924, Puyi fue a Tianjin, donde al cabo de unos pocos años comenzó a verse con diplomáticos japoneses. En 1932 éstos le designaron como emperador de Manchukuo, el gobierno títere de Japón en la región de Manchuria. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Puyi fue detenido por las fuerzas comunistas chinas y encarcelado durante 10 años (1949-1959) para ser reeducado. Tras su puesta en libertad, trabajó en el Jardín Botánico de Pekín y en la biblioteca nacional china, hasta su muerte en 1967.

El último emperador no sólo es la historia de Puyi, es la historia, la convulsa historia, de China durante la primera mitad del siglo XX a través de la vida del emperador. Del milenario imperio chino, vemos su transformación en una república, asistimos a las revueltas y gobiernos de los llamados “señores de la guerra” chinos, el gobierno de Chiang Kai-shek, la guerra y la ocupación japonesa, y por último asistimos a la victoria y establecimiento del régimen comunista de Mao Tse Tung.

Obra maestra

Peter O’Toole interpreta al diplomático británico Reginald Johnston

El resultado de este viaje por la historia fue una de las películas más preciosas de los últimos 40 años y una de las últimas grandes producciones clásicas que tanto nos regalaron los 80. Una historia apasionante con un ritmo argumental perfecto (sus 160 minutos vuelan), sólidas interpretaciones (un Peter O’Toole que, aunque breve, como siempre se come la pantalla), una preciosa banda sonora, y una fotografía inmejorable con escenas de la Ciudad Prohibida que quedan para el recuerdo. La cinta arrasó en la gala de los Oscar de 1988, llevándose los nueve premios a los que estaba nominada, entre ellos los de mejor guion, mejor película y mejor director para Bertolucci.

Una auténtica obra maestra del cine con la que Bertolucci deslumbró al mundo. Y como siempre os digo, para quien no la conozca, no esperéis más para acercaros a esta joya. No puede haber una mejor manera de visitar la Ciudad Prohibida desde la comodidad de nuestro sofá.

Víctor Tirador García