Sobre muertos y difuntos

Con una mirada en blanco y negro leía un periódico decimonónico del año 1836 para más señas. Un titular firmado por un tal Fígaro me llamó la atención: El día de los difuntos de 1836. Devoré el texto unas cuantas veces y empezó a repetirme. Tal es así que 180 años después, aquellos renglones de un Larra de esperanza helada se vieron reflejados en mi paseo por Madrid.

El paseo de difuntos

Me di cuenta que por las calles andaban maniquíes con una máscara de oxígeno, manejados por teléfonos móviles cuya batería estaba en continuo parpadeo. Transitaban con la cabeza gacha, en procesión, chocando unos con otros, lanzando improperios. Su destino eran grandes salones llenos de perchas, donde tiempo atrás manaba cultura.

La cortina de humo aumentaba a lo largo de mi recorrido e intenté refugiarme en un Café. Pensé que una tertulia podría remitir mi malestar. Todo lo contrario, ¡casi me mata! Nada más entrar me dio la bienvenida una música que invitaba a tirarse por la ventana más cercana. A pesar de ello pedí “una leche con café claro”, o algo así recuerdo que se llamaba ese batido carente de cafeína. Los mil diablos asomaron de la taza de plástico y con ellos yo corriendo de aquel infecto lugar.

¡Una librería! Rápido, al menos nos quedan las páginas. ¡Oh! Una gran cola, seguro que está firmando una figura literaria. Me asomé y vi sentada a cierta persona que copaba los platós del amarillismo sensacionalista. Cien sarpullidos brotaron en mí, no sabía dónde ir por lo que opté por enterrarme en mi casa.

Mi gata viendo la televisión, la pregunté y sólo me dijo: “miau”. ¡Horror! Un miau es igual a mirada perdida embotellada en el plasma. Allí estaban, Hombres, mujeres y convergencia. Una bombilla se encendió sobre mi cabeza: cultura muerta, pensamiento difunto. ¡Silencio, silencio! Ahora habla Bécquer, ¡qué solos se quedan los muertos!

Javier Fernández Negro

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