Grilletes en la ciudad intacta

En la escalera del tiempo resuenan sin cesar el ruido de los zuecos que suben y de los zapatos barnizados que descienden.

Jack London, What life means to me, 1905.
Prisioneros en Pompeya, Giovanni Battista Piranesi, ca. 1775, Kupferstichkabinett, Staatliche Museen, Berlín

Cepos en el suelo

En 1766 se estaba excavando en Pompeya, la ciudad intacta, sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79. A finales de aquel año (1766) se hizo un descubrimiento importante, se encontró el cuartel de los gladiadores, con su patio de entrenamiento, su almacén de armas, sus habitaciones y su cantina. En un lateral del complejo, una estancia se utilizaba para custodiar prisioneros. No deja lugar a dudas el artefacto del suelo, un sistema de cepos de hierro anclado a un madero, diseñado para mantener sujetos a diez individuos por los pies de manera que no pudieran levantarse.

En aquel recinto se encontraron cuatro esqueletos. Aquello encendió la imaginación de artistas y escritores, pues supusieron que se trataba de cuatro presos que habrían muerto durante la erupción, inmovilizados, sin posibilidad de huida. Así lo hizo Giovanni Battista Piranesi, que dibujó a aquellos fantasmas apresados bajo la mirada de sus propios cráneos amontonados en una repisa. Realmente, los esqueletos no estaban sujetos, aunque la leyenda es mejor historia. En cualquier caso, independientemente de quienes fueran esas personas, aquella habitación y aquellos cepos quedaron como testigo de la dura realidad de la ciudad intacta. Pero esto no va de prisioneros antiguos.

El Rey ilustrado

El descubrimiento de las ciudades del Vesubio es una historia contada mil veces. En 1738 el ingeniero militar Roque Joaquín de Alcubierre trabajaba en Portici en los nuevos terrenos del rey, Carlos VII de Nápoles, futuro Carlos III de España. Allí, el llamado Pozo Nocerino era conocido porque de él salían antigüedades romanas. Intuyendo su potencial, Alcubierre despertó la curiosidad del monarca, que apoyó y financió sus excavaciones. Pronto se dieron cuenta de que estaban ante los restos de Herculano y, un tiempo después, encontraron Pompeya y Estabia en los alrededores. Comenzaba un descubrimiento sin precedentes que encumbraría a Carlos III de Borbón como el rey ilustrado por excelencia.

De momento, la exploración de Herculano durante las tres primeras décadas fue una hazaña. Consistía en excavar un entramado de túneles partiendo del fondo del pozo, pues encima de las ruinas se levantaban hasta veintiséis metros de lava solidificada y los edificios de la ciudad moderna. Era un trabajo de minería dirigido, de hecho, por ingenieros. Había que abrirse paso a través de la dura roca volcánica formando largas y estrechas galerías, siempre al borde del derrumbe, con la única orientación de una brújula y en un ambiente asfixiante y húmedo, para después cargar y subir por el pozo los pesados hallazgos. Ha pasado a la historia como uno de los grandes logros de la arqueología.

No pueden distinguirse los objetos más que a la luz de las antorchas, que, llenando de humo estos subterráneos faltos de aire, me obligaban a cada momento a interrumpir mi examen para ir hacia la abertura exterior.

(Carta de Charles de Brosses a M. le Président Bouhier, 28 de noviembre de 1739).

El aire de un pozo

Esta historia no se cuenta tantas veces. Aquel francés estaba de visita, pero había gente que pasaba allí su vida. Las excavaciones comenzaron con solo diez operarios, en principio jornaleros locales y, a menudo, varios miembros de una misma familia. Sin embargo, a medida que el proyecto crecía y dada su dificultad, se decidió utilizar también mano de obra más sumisa y barata. Comenzaron a llevarse esclavos y presos condenados a trabajos forzados para destinarlos a las tareas más duras; en 1765 ya había cuarenta de estos trabajadores en las excavaciones vesubianas.

Lógicamente, ocurrían accidentes. Por ejemplo, está documentada la pensión que se concedió a la familia de Evangelista Cozzolino tras morir aplastado. No obstante, el principal problema eran las dolencias respiratorias. Los testimonios hablan constantemente de la mofeta, los gases producidos por la materia orgánica descompuesta atrapados en la roca. Los propios encargados enfermaron: Alcubierre tuvo que retirarse durante un tiempo, mientras que el ingeniero Karl Weber y el capataz Giuseppe Corcoles fallecieron prematuramente. Hay registro de muchas peticiones de subsidios a la Corona por problemas de salud graves achacados al aire de las grutas; evidentemente, esas solicitudes no afectaban a los esclavos.

Excavaciones en Pompeya, Edizioni Esposito, ca. 1892-1894, The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles. Fuente: http://www.getty.edu/art/collection/objects/223415/edizioni-esposito-pompei-ultimi-scavi-italian-1892-1894.

Un cartel en los barracones

Ante todo, al rey ilustrado le preocupaba la integridad de su valiosa colección. Artistas como Piranesi dibujaban de memoria porque estaba prohibido incluso tomar notas; las precauciones eran lógicas, pues los aristocráticos turistas solían hurtar huesos y pequeñas piezas como souvenir.

Ahora bien, en 1740 pillaron a unos vecinos que habían robado en las galerías. El valor de los objetos era ridículo, pero fue una oportunidad perfecta para dar ejemplo. Por orden del rey, fueron torturados hasta que confesaron. Dos hombres fueron azotados públicamente y condenados a galeras durante dos y tres años; dos mujeres fueron desterradas durante tres años. Con el aumento de personal y la dificultad de controlarlos, las medidas se endurecieron. Todo trabajador era registrado cada vez que salía de los túneles y, en 1761, un cartel en los barracones advertía: si cualquier objeto no era entregado inmediatamente, con intención o por despiste, o se encubría a un compañero, la pena mínima era de siete años de galeras para los asalariados y galeras perpetuas para esclavos y forzados, hasta la pena de muerte si el robo era grave.

La Unificación de Italia en 1860 se presentó como la llegada de la modernidad frente al oscurantismo del Antiguo Régimen. Era el triunfo de la ciencia, el liberalismo y el patrimonio entendido como un bien nacional. Pero ya había fotografías, y en ellas se ve a los niños napolitanos acarreando capazos de tierra bajo la vigilancia de guardias armados con varas de madera; era un mundo nuevo. Estaría bien saber qué pensaron aquellos niños, campesinos, forzados y esclavos, al ver los cepos de la habitación junto al cuartel de gladiadores.

  Tomás Aguilera Durán 

Para leer más

ALONSO RODRÍGUEZ, M. C. (2004). «Documentos para el estudio de las excavaciones de Herculano, Pompeya y Estabia en el siglo XVIII bajo el patrocinio de Carlos III». En Rodrigo Zarzosa, C. y Jiménez Salvador, J. L. (eds.). Bajo la cólera del Vesubio: testimonios de Pompeya y Herculano en la época de Carlos III. Murcia: Comunidad Autónoma de Murcia, 49-81.

FERNÁNDEZ MURGA, F. (1989). Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia. Salamanca: Universidad de Salamanca.

SAINT NON, J. C. R. De. (1781). Voyage pittoresque ou description des royaumes de Naples et de Sicile. (Vol. 1, parte 2). París: [s. e.].

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