Félix Francisco Casanova: El rock y la literatura en un joven poeta

Recuerdo las lecciones en la universidad como una sucesión de nombres, fechas, títulos, sin nada de esencia que otorgara la vida que esos autores (pocas autoras) un día tuvieron. Clases tediosas, interminables, que sin embargo me hicieron reconocer que eso que me estaban enseñando era solo el principio, nunca el fin.

Una de tantas mañanas, en el descanso entre clase y clase (que podía durar el tiempo que la juventud requiriese), un buen y querido amigo me habló de un poeta maldito, el Rimbaud canario le llamaban. Él gustaba de encontrar bellezas escondidas, difíciles de conocer, y este descubrimiento fue una de esas veces.

Hace ya años de aquella conversación. He guardado un enlace en mi navegador con una reseña de este poeta maldito, Félix Francisco Casanova, durante muchos años. Hace meses encontré en una librería la publicación de sus obras completas, editada por Demipage. Mi asombro fue mayúsculo, y recordé de pronto las conversaciones en la facultad, los libros en la mesa de la biblioteca, los apuntes, las cervezas… y esa fascinación por la literatura que nunca me ha abandonado. Y como no podía ser menos, debía compartirlo aquí.

Félix Francisco Casanova

Félix Francisco Casanova murió con 19 años, mientras se duchaba, debido a un accidente por un escape de gas. Independientemente de que fuera o no fortuito, antes de su muerte dejó escrito un poema, quizás sin terminar, dedicado a su novia en el que curiosamente se le podía relacionar con otros grandes de la literatura, que acabaron sus días en el agua. Este poema pertenece al libro Yo hubiera o hubiese amado:

Cada vez estoy más cerca del agua.

Eres un buen momento para morirme”. Igual de turbador es el último poema que compuso, donde otra vez la casualidad interviene con una de sus fechorías:

Eres un buen momento para morirme”.

Este fin prematuro no hizo sino perpetuar su corto, a la vez que precoz e intenso corpus literario. Con 14 años, contaba su padre, el médico y poeta postista Félix Casanova de Ayala, que decidió ponerse en serio con la literatura. En 1973 consiguió el premio Julio Tovar, por su obra poética El invernadero. En 1974, con su novela El don de Vorace ganó el Pérez Armas de novela; y un mes antes de su muerte consiguió otro premio por Una maleta llena de hojas, que forma parte de La memoria olvidada, que la editorial Hiperión publicó en 1990, donde se encuentran gran parte de sus poemas, recogidos por su padre, y publicados de forma póstuma. Por último, entre sus obras nos legó su diario íntimo, titulado Yo hubiera o hubiese amado, escrito en 1974, en el que también podemos conocer su otra pasión: la música .

Estos días oigo mucha música, mucha. Siempre estoy naciendo en la música […].

De ahí su aspecto rockero, su pelo largo a lo Jim Morrison, con esa estela de leyenda que perdura en las fotografías que podemos encontrar en las redes. Llegó a formar un grupo, Hovno (“mierda” en checo), un ejemplo más de su espíritu rebelde, rápido e inquieto. Con motivo de uno de sus premios escribió en su diario: “125.000 calas. Tengo música para rato”. Y nosotros sus creaciones para la eternidad.

El don de Vorace

El don de Vorace es el título de su única novela, escrita a modo de monólogo, en el que se puede apreciar la mente despierta del autor, algo atormentada, ingeniosa, con lenguaje corriente y referencias literarias de alto nivel, fruto sin duda de la educación recibida por su familia, muy relacionada con el ámbito cultural canario. En la obra, el protagonista, Bernardo Vorace Martín, descubre que es inmortal, después de varios intentos de suicidio. Ahí empieza la aventura en la que presenciamos la decadencia del personaje, hasta el límite de un sociópata, carente de emociones, obsesionado con la muerte que desea a toda costa.

La voz del protagonista está cargada de anhelo por una vida feliz anterior, se demuestra en momentos como el café que se toma con Marta (su novia, amante) en una terraza, momento en el que ríen y recuerdan: “Hemos vuelto a reír como antaño. La memoria es el mejor bálsamo, pero llegarán los días en que la mía abarcará tanto que las imágenes se repetirán en la vida misma”.

Este mismo desasosiego observamos en las referencias a su madre, a quien recuerda con alegría y que falleció prematuramente. Como la madre del propio autor, Concepción Martín, pianista, que murió cuatro años antes de que lo hiciera el autor.

Sin embargo, estos atisbos de amor y belleza por la cotidianeidad se ven enfrentados por una atmósfera de muerte y decadencia. Como he comentado anteriormente, el protagonista descubre que no puede morir, después de haberlo intentado varias veces, y esto le lleva a una pérdida de empatía y moral: la destrucción del propio personaje.

El ingenio para desarrollar la trama, los aspectos de generación Beat que encontramos en los símbolos, las referencias literarias y el más que interesante final hacen de esta obra un prometedor y truncado ejemplo de lo que podría convertirse su escritura, cargada de ritmo, como una canción de rock, como su propia vida.

A veces cuando la noche me aprisiona

La influencia de este joven autor, este enfant terrible, al que se le ha comparado con Rimbaud por su corta vida y valiosa obra, es cada vez más apreciada en la actualidad, con un premio literario a su nombre y, por ejemplo, la adaptación musical de uno de sus poemas por Javier Muguruza, en el disco Fiordoan.

Si por medio de su escritura, realizamos un viaje a los infiernos de su alma, con su legado conseguiremos llegar a la escalera hacia el cielo y recuperar la memoria de este joven James Dean de la poesía española.

A veces cuando la noche me aprisiona
suelo sentarme frente a una cabina
telefónica
y contemplo las bocas que hablan
para lejanos oídos.
Y cuando el hielo de la soledad
me ha desvenado, los barrenderos moros
canturrean tristemente
y las estrellas ocupan su lugar,
yo acaricio el teléfono
y le susurro sin usar monedas.

 

Mary Nafría