El genocidio evanescente

3 semanas ago elcafedelalluvia 0

El ídolo de hoy reemplaza en nuestro recuerdo al héroe de ayer, y será reemplazado, a su vez, por su sucesor de mañana, Washington Irving (The Sketchbook of Geoffrey Crayon, 1819).

La última gesta

¿Qué pasó con los dacios? Entre los años 101 y 106 el emperador Trajano movilizó un ejército enorme para adentrarse en los territorios al norte del Danubio. Era la zona dominada por el reino dacio, cuyo corazón se situaba en la inaccesible región de los Cárpatos, y que se consolidó como una importante potencia política y cultural. Esa frontera siempre había dado problemas, pero especialmente en los últimos tiempos. El rey Decébalo había iniciado una política agresiva con el apoyo de varios pueblos limítrofes, amenazando muy seriamente los límites del Imperio. Pero Trajano aplastó implacable los intentos de resistencia; Decébalo murió y Dacia quedó incorporada como una nueva provincia.

Relieve de la Columna Trajana, dos soldados auxiliares presentan la cabeza de los dacios al emperador.

La victoria se festejó en Roma durante 123 días y se erigieron monumentos para inmortalizarla; la Columna Trajana, uno de los grandes iconos de la Ciudad, relata en imágenes el transcurso de aquella guerra brutal. La ocasión lo merecía. Aquellas campañas reportaron ingentes beneficios económicos, pero también fueron una hazaña simbólica. Hacía un siglo que el Imperio romano había alcanzado su máxima extensión y había establecido las que serían, básicamente, sus fronteras definitivas. Esta era la única anexión importante desde entonces, y sería la última; era, nada menos, que la última gran gesta de Roma.

Pero, ¿qué pasó con los dacios? Depende de cuándo se formule la pregunta.

El genocidio deseado

La antigua Dacia se corresponde, aproximadamente, con la actual Rumanía, un país en un lugar complicado. Esa región ha pasado toda su historia atrapada entre las ambiciones imperiales de búlgaros, húngaros, otomanos, rusos y austriacos. Su territorio se ha conquistado, fragmentado, repartido y reunificado en mil ocasiones. De esa vorágine surgió una fuerte identidad étnica, la rumana. Su élite intelectual buscó y subrayó las particularidades de su pueblo para distinguirlo de aquellas naciones consideradas invasoras. Los rumanos son mayoritariamente ortodoxos y hablan una lengua romance, rasgos que los diferencia de los eslavos, magiares, musulmanes, católicos y protestantes de su alrededor. No obstante, faltaba un argumento histórico, lo que se encontró en la gesta de Trajano: los rumanos eran descendientes de los romanos. No había un referente más poderoso, emparentarse con los que habían sido los amos del mundo para reivindicar un futuro propio.

Pero, ¿qué pasaba con los dacios? Para que la identificación con los romanos fuese plena, los dacios debían desaparecer. Exagerando algunos textos antiguos, se defendió que la guerra de Trajano había supuesto el completo exterminio de la población dacia, mediante masacres, suicidios colectivos y migraciones. De esta manera, la provincia se había reconstruido desde cero mediante una colonización romana masiva, implantando su raza, su cultura y su lengua. Así no quedaban dudas ni resquicios posibles: los rumanos eran herederos directos de los romanos, y de nadie más.

El llamado latinismo fue la salida de los rumanos para autoafirmarse como pueblo en un entorno hostil y justificar su proyecto de Estado unificado e independiente. La nación rumana se construía así sobre el mito de un genocidio.

Frescos del Ateneo Rumano de Bucarest, de Costin Petrescu, 1933-1937 (© Filarmonica George Enescu, 2011, http://tour.fge.org.ro/).

El genocidio negado

Con el siglo XX llegó la exaltación del racismo y el ultranacionalismo en Europa, lo que llevó a repensarlo todo. ¿Debían los rumanos identificarse con un invasor extranjero? ¿Y si los dacios no hubiesen sido exterminados y fuesen la auténtica esencia de Rumanía? Nacía el dacismo.

La fantasiosa obra de Nicolae Densușianu se convirtió en el nuevo dogma nacionalista: en Rumanía estaba el origen de la raza aria y los dacios eran los descendientes más directos y puros. Roma no solo no los exterminó, sino que su influencia fue meramente superficial, ya que la civilización dacia era más antigua y avanzada. Rumanía ya no era sucesora de los colonos latinos, ni Trajano su fundador; su pueblo había habitado siempre aquella tierra, y su nuevo héroe era Decébalo, aquel que hizo frente al invasor. Es curioso, pero el dacismo triunfó bajo regímenes supuestamente antagónicos: el filonazismo de Ion Antonescu en los 40 y el comunismo nacionalista de Nicolae Ceaușescu en los 70-80.

Podríamos pensar, en todo caso, que esas fantasías son propias de ideologías obsoletas y épocas más irracionales. Pero en la orilla del Danubio hay una cabeza de Decébalo de 40 metros de altura que se esculpió en 2004. Es obra del multimillonario ultraderechista Iosif Constantin Drăgan, fundador de una universidad y varios medios de comunicación, y máximo representante de un movimiento que ha reinventado últimamente la noción de la primacía racial rumana.

Escultura de Decébalo, Iosif Constantin Drăgan, 1993-2004 (CC-BY-2.0. Erik Cleves Kristensen, https://flic.kr/p/GUgzQX).

Sin embargo, la posición oficial sobre el tema actualmente es el daco-romanismo, una opción conciliadora que defiende la pervivencia indígena sin negar la influencia romana. Rumanía sería el resultado de la fusión de ambos mundos. Esto encaja algo mejor con la realidad arqueológica, pero tiene también un sentido político: el acercamiento del país a Europa que culminó con su incorporación a la UE en 2007. Rumanía conserva así su particularismo nacional potenciando también su ventajoso vínculo occidental. La Antigüedad se adapta al signo de los tiempos.

¿Qué pasó, entonces, con los dacios? Realmente importa poco desde este punto de vista. Ya se defienda una identidad latinista, dacista o daco-romanista, en los tres casos se defiende una continuidad directa entre el pasado remoto y el presente inmediato que es artificial y simplista. En los tres se construye una identidad excluyente que conlleva despreciar a los demás pueblos que han confluido en esa región durante siglos, ya sean potencias dominantes, como húngaros y turcos, o minorías humilladas, como judíos y gitanos. Hubiese o no genocidio en Dacia, considerar el tema como un símbolo nacional conlleva un crimen en sí mismo, pues supone seleccionar los pasados más convenientes para desechar los más incómodos.

Para leer más

BOIA, L. (2001): History and Myth in Romanian Consciousness, Bucharest.

CARBÓ, J. R. (2012): “Arqueología, Antigüedad y Nacionalismo en Rumania (ss. XIX-XX)”, Revista de Historiografía, 17, 116-127.

 

Tomás Aguilera Durán

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