Encuentros con Jean-Auguste-Dominique Ingres

La mirada de Jean-Auguste-Dominique Ingres

Fue una tarde lluviosa de invierno de aquellas en las que el cielo se prende rojo y no acaba de anochecer. Los pasos me llevaron al interior del Museo Nacional del Prado, allí me esperaba el alma de Jean-Auguste-Dominique Ingres.

Jean-Auguste-Dominique IngresLa conversación la puedo denominar como reposada, de aquellas que me gusta realizar en el programa de radio, café en mano. Nuestro anfitrión me dijo que en realidad estaba en las estancias del museo de paso y que acudió a la ciudad debido a una invitación de Velázquez. Tras aquellas palabras iniciales, Ingres me habló de su trayectoria vital hecha arte.

Uno a uno me mostró su legado hecho pintura mientras comentaba lo que se escondía detrás de ellas. Aquellos lienzos aunados a sus palabras me trasladaban a las lecturas de Homero y Plutarco, a los tiempos de Napoleón y al interior de un baño turco que mostraba una escena tan intima que mi rostro se sonrojó ante la carcajada del artista. Las cicatrices de su alma mostraban todo lo pintado, todo lo vivido.

Tras recorrer toda la exposición nos despedimos con una mirada cómplice. La lluvia seguía cayendo del cielo de Madrid y mis pensamientos fluían con el constante tintineo del agua. Si me preguntan si comprendí la finalidad artística del autor en sus obras, sólo puedo decir que Jean-Auguste-Dominique Ingres fue ese gran desconocido que se deslizó de forma sutil por los recovecos de lo indefinible en su eterna búsqueda del arte, en su eterna búsqueda del ser.

Javier F. Negro

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