Monofisismo. En busca de la naturaleza divina de Cristo

3 semanas ago elcafedelalluvia 0

Desde el origen del cristianismo han existido las disputas cosmológicas y teológicas, de un modo general, en relación no solo a la propia figura Jesús, sino también a todos aquellos aspectos dogmáticos que surgieron a raíz de la nueva religión. Cada enfrentamiento venía unido a las diferentes interpretaciones que se hicieron, con el correspondiente trasfondo filosófico que encerraba, dentro de las comunidades que se asentaron a lo largo de todo el mundo romano. Ya fuese tanto en el ámbito occidental, escenario donde con la caída del imperio se asentó el poder del papado romano, como en el oriental, donde los grandes asentamientos paleocristianos estuvieron asimilados con las grandes ciudades.

Al frente de cada grupo había un patriarca que servía como líder eclesiástico, implantando su propia visión teológica. Además, estas comunidades pretendían tener mayor peso dentro de la sociedad cristiana que se estaba conformando. Ante este panorama se produjeron choques entre cada grupo, los cuales buscaba tanto un posicionamiento mejor como que sus ideas fueran implantadas. Todo ello, llevaba a constantes debates teológicos y filosóficos entre los grandes patriarcas e ideólogos de la naciente iglesia cristiana, que en muchos casos no se resolvía por cauces pacíficos ni intelectuales. La búsqueda de una solución pasaba por la convocatoria de concilios ecuménicos donde llegar a un acuerdo que resultase satisfactorio. No siempre se alcanzaron entendimientos e incluso muchos encuentros acabaron con conflictos violentos, llegando en ocasiones a declarar como herética alguna de las líneas defendida por determinado líder religioso o comunidad que seguía una interpretación.

El inicio del monofisismo con Cirilo de Alejandría

Cirilo de Alejandría. Fuente: Infovaticana.com

Entre los planteamientos teológicos que terminaron siendo apartados del canon que mantuvo unida a la iglesia de oriente y occidente hasta el s. XI, cuando el gran cisma separó de manera definitiva al mundo ortodoxo del heterodoxo, estaba el monofisismo. Esta corriente dentro del cristianismo, por su disposición, planteaba una disputa cristológica con otros planteamientos al partir de la consideración de que la naturaleza de Jesucristo pese a estar compuesta de una parte humana y otra divina, por tanto tener dos naturalezas, era plenamente divina y su componente humano se integraba dentro de la misma confundiéndose. Por consiguiente, se creía que Jesús tenía finalmente una naturaleza divina únicamente. Al frente de esta idea se encontraba Cirilo (370-444 d.C.), patriarca de Alejandría, lugar desde el cual se extendió el monofisismo y, por consiguiente, fue la escuela filosófica y teológica que defendió dicho planteamiento frente a otras interpretaciones originadas en otras sedes.

El planteamiento basado en la única naturaleza de Jesucristo no debe ser tomado a la ligera, pues precisamente de ahí viene el nombre monofisismo, del griego transliterado Monos, uno, y de physis, naturaleza, que ejemplifica la base principal de dicha idea teológica. Principalmente porque dentro de la idea de la naturaleza divina integrada del salvador cristiano, se rechazaba que hubiese muerto en la cruz, ya que deja de ser humano para ser solamente de carácter divino, por tanto no pudo morir y, por consiguiente, no redimió a la humanidad. Ahora bien, Cirilo, argumentaba que María era madre de Dios (Theotokos o Dei genetrix), pues la divinidad había querido nacer de una mujer, siendo María criatura de Dios y madre de la persona divina que es hijo de Dios.

Conflictos ideológicos cristianos y lucha fraticida entre el monofisismo y el nestorianismo

La concepción monofisita resultaba un golpe directo a la base dogmática del cristianismo de ese periodo, aunque el Concilio de Nicea I, en el 325 d.C. ya había asentado las líneas principales donde se adoptaría la consideración de Dios Padre y del hijo como homoousios, término ya empleado por Orígenes, o lo que es lo mismo, se consideraba que el Hijo era “consustancial” al Padre. Cuestión replicada por los monofisitas que veían imposible que Cristo fuese de la misma substancia que el hombre común.

Nestorio, Patriarca de Constantinopla

No obstante, durante estos años surgieron otras interpretaciones conflictivas. Entre las principales se encontraba el rechazo al carácter trinitario del Dios Padre y del Dios Hijo, por tanto, subordinando al segundo respecto al primero y considerando que Jesús no había preexistido desde siempre, como hacía el arrianismo, o la separación de manera clara y sin ambigüedades de las dos esencias, humana y divina, como es el caso del nestorianismo o también denominado difisismo (de Dys y physis, dos naturalezas). Ambas doctrinas fueron declaradas heréticas debido a estos planteamientos. En el caso del arrianismo tras un largo proceso, iniciado en el Primer Concilio de Nicea, 325 d.C. y finalizado en el Concilio de Constantinopla, 381 d.C., donde definitivamente se condenada a Arrio, impulso de dicho pensamiento y a todos sus seguidores, además de ser excomulgado por Alejandro de Alejandría. En este mismo concilio se condenará la fórmula propuesta por Apolinar de Laodicea (310-390 d.C.), quien negaba que Cristo tuviese alma humana, siendo reemplazada por el Logos divino, llegando a la conclusión de que Jesús si tuvo alma humana. El nestorianismo será condenado en el Concilio de Éfeso del 421 d.C., que sirvió para resolver también las disputas entre Nestorio (de quien deriva el nombre) y Cirilo, o lo que es lo mismo, entre las escuelas de Alejandría y Constantinopla. De hecho, Nestorio negará tajantemente la maternidad divina de María, pues ella solamente engendró al Jesús hombre, no a Dios. Si para los monofisitas María era Theotokos, para los nestorianos fue solamente Khristotokos, es decir, madre de Cristo.

Las predicaciones de Nestorio, recogidas de la tradición antioquena de Diodoro de Tarso y de Teodoro de Mopsuestia, levantaron gran polvareda en la sociedad cristiana, lo que provocó que Cirilo se presentase como protector de la considera ortodoxia. De este modo, los enfrentamientos entre ambos líderes se alargaron durante un periodo de tiempo amplio. Cirilo escribirá unas contundentes cartas a los fieles donde refuta los argumentos de Nestorio, además de solicitar al propio patriarca de Constantinopla que se retractase de sus planteamientos. Nestorio responderá con otra serie de cartas donde se negaba a tal extremo. Finalmente, ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, solicitaron la ayuda, a modo de arbitraje, del Papa Celestino, quien convocará un sínodo (concilio a una escala reducida) para resolver la situación. La resolución implicó la condena de Nestorio como hereje y la solicitud de retractarse de todas sus ideas. La respuesta del sínodo incluía una carta papal, una serie de fórmulas dogmáticas que se aprobaron en otro de los sínodos realizados durante estos años, en este caso en Alejandría, así como una lista de 12 anatematismos realizada por Cirilo, quien sería el encargado de entregar toda esta documentación al propio Nestorio. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo y la negación a retractarse de Nestorio, que había respondido con otra serie de anatematismos dedicados a Cirilo, se optó por un Concilio general que aglutinase a una agrupación mayor y representantes de más comunidades. De este modo se convocó por orden y mediación del emperador Teodosio II el Concilio de Éfeso en el 431 d.C., que coincidiría con la fiesta tan señalada de Pentecostés. Durante la celebración del mismo, Cirilo aprovechando la ausencia inicial de Nestorio y sus seguidores, logra la excomunión y declaración como heréticas de sus ideas, lo que no impidió que Nestorio realizase una contrarréplica similar contra Cirilo y sus ideas. La resolución al conflicto es llevada a cabo por el emperador Teodosio II, que opta por una solución salomónica, al encarcelar y condenar a ambos, aunque posteriormente se liberará a Cirilo ante la presión de los embajadores del papado romano y la petición de otros delegados pertenecientes a otros patriarcados. La presión de Cirilo a la administración imperial, influenciada por los supuestos sobornos que realizaría, logró que se publicasen las decisiones del concilio, logrando la deposición de Nestorio como patriarca de Constantinopla, quien terminaría cayendo en desgracia, aunque sus ideas se propagaron más allá de Persia.

La pervivencia nestoriana durará varios siglos más. De hecho, cuando el mundo musulmán conquiste Irak, los nestorianos tendrán la protección de los califas Abasidas (750-1258 d.C.) y el líder religioso de este grupo, denominado Katholikos, se establecerá en Bagdad a partir del 762 d.C.; pero con la conquista mongola en el 1258 d.C., se trasladará la sede al norte de Irak, lo que supuso el final de las misiones nestorianas en el Extremo Oriente, y la aceptación por parte de numerosos grupos hasta entonces nestorianos, principalmente de Chipre y de la India, del dogma católico. Además en los siglos siguientes la Iglesia establecida en Irak sufrirá ataques constantes por parte de kurdos y otomanos, tanto que a partir de 1933 los denominados katholikoi de la Iglesia asiria del norte de Irak se exiliaron a los Estados Unidos, con presencias aisladas de retorno en la región desde 1968.

Extremismo y condenación

Ante los planteamientos tan separados era inevitable buscar un punto de unión que evitase la fragmentación de los creyentes y, al mismo tiempo, que permitiese resolver las disputas de carácter político que enfrentaban a los diferentes patriarcados y sus respectivas escuelas. Pero habrá una complicación mayor pues Cirilo fallece y uno de sus seguidores, Eutiques de Constantinopla (378-454 d.C.), profundiza en las ideas monofisitas al considerar que tras la Encarnación, la humanidad de Jesús presenta un componente esencialmente diferente al del resto de los hombres, lo que lleva a la interpretación de la naturaleza divina donde se difumina la humana. Precisamente por Eutiques, el monofisismo también se ha denominado en ocasiones como eutiquianismo. Las ideas de Eutiques también se pueden vincular con los planteamientos condenados de Apolinar de Laodicea.

Para dirimir esta disputa, que ponía en peligro la unidad de la cristiandad, se celebrará otro nuevo concilio en Éfeso, el segundo, en el 449 d.C., donde el sucesor de Cirilo, Dióscoro, rechaza la presencia de representantes de las grandes comunidades, con la pretensión de establecer la corriente monofisita como la oficial. Esta actitud pronto trajo consecuencias, pues además del no reconocimiento de los resultados del concilio por la mayoría de comunidades, encabezadas por Roma y el papa León, se impulsará un nuevo concilio en ese caso en Calcedonia en el 451 d.C., y que contará con el apoyo imperial. En el mismo se depone a Dióscoro, condenándole a él y el resto de seguidores, además de declarar a la doctrina monofisita como herética. Además se logrará establecer la línea dogmática prominente hasta el Gran Cisma del siglo XI, pues se consigue marcar la separación definitiva frente a las ideas monofisitas y nestorianas. El credo de Calcedonia hará hincapié del total carácter tanto humano como divino de Cristo, quien es además la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Pese a todo, no hubo una aceptación unánime, como sucedía en multitud de ocasiones, pues los grupos religiosos que salían derrotados de los concilios no acataban totalmente las resoluciones. De este modo el nuevo patriarca de Alejandría que surgió, Timeo Eluro (o Timeo II de Alejandría), rechaza los resultados y excomulgará a los restantes patriarcas en el 457 d.C., provocando la escisión de la Iglesia Copta respecto a las restantes. Así mismo, tampoco fue secundada la resolución por los enviados de las comunidades armenias, dando lugar a la Iglesia apostólica armenia, al igual que algunas agrupaciones sirias, desarrollando la Iglesia Jacobita o Siriaca/Siriana. De este modo, las comunidades cristianas de Egipto, Siria y Armenia muestran su preferencia por la visión cristológica de corte monofisita.

Las iglesias que surgen de este conflicto asentarán su independencia tras el Concilio de Constantinopla III del 680, donde se decidió que Jesucristo tenía dos voluntades, frente al planteamiento surgido a instancias del emperador Heraclio (610-641 d.C.), quien buscando la unificación de dichas comunidades con las restantes orientales, ofreció la fórmula de que el hijo tenía dos naturaleza, aunque una sola energía y una sola voluntad, la cual es conocida como monoenergetismo o monoteletismo.

Cuando Egipto y Siria son conquistadas por el Islam, ven una oportunidad para alejarse del control de Constantinopla, alejándose definitivamente de los planteamientos anteriores y logrando que el monofisismo sea la confesión de los coptos. El dogma que van a seguir estas iglesias se opondrá al nestorianismo, las dos naturalezas separadas, pero también a la fórmula ortodoxa, dos naturalezas no separadas pero si distintas. Por otro lado, si compartirá la visión ortodoxa de María como madre de dios, Mater Dei, que Cirilo denominó como María Theotokos. De hecho, la imagen de María cada vez tendrá una expresión más sobrenatural, llegando a ser colocada en una posición por encima de los santos tras el Concilio de Nicea II (789), que se debe añadir a su virginidad y su maternidad divina.

Monofisismo hoy en día: Miafisismo

En la actualidad las Iglesias monofisitas o miafisitas, como ellas mismas prefieren ser denominadas pues definiría mejor la naturaleza única pero con ambos elementos (divino/humano), siguen existiendo. Este es el caso de la Iglesia Ortodoxa Malankara, la Iglesia Copta Tewahedo de Etiopía o su escisión reciente de Eritrea. Las mismas agrupan en diferentes congregaciones religiosas cristianas, que son conocidas como orientales antiguas u ortodoxas orientales. Todas ellas con una presencia importante en el norte de África y el Próximo Oriente.

La pervivencia de estas comunidades demuestra no solo la gran división ideológica que existió desde el principio en el cristianismo, sino también las tensiones políticas que se producían. Además podemos contemplar como las creencias religiosas pueden perdurar en las sociedades de un modo prolongado, con un sentimiento de cohesión e identificativo contemplable. De esta manera, la consideración de que la naturaleza humana de Jesús se encuentra integrada en la divina y, por tanto, muestra una naturaleza única, está presente en gran número de fieles, herederos de las primitivas comunidades que siguieron las enseñanzas de Cirilo y su interpretación teológica de la figura de Jesucristo.

Javier Solís Montero

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