La vida privada de los impresionistas

Vida privada de los impresionistas, Sue Roe

Portada de la vida privada de los impresionistas. Libro escrito por Sue Roe
Portada del libro

A veces las grandes historias empiezan por el final. Tal es el caso del libro que hoy tratamos, que tiene como punto de partida la llegada de Paul Durand-Ruel, marchante de arte, al puerto de Nueva York, donde pretende dar a conocer un movimiento que ya ha causado conmoción en Francia: el impresionismo. En las bodegas del barco trae obras de Manet, Monet, Sisley, Pissarro, Degas, Morisot… Un cargamento que probablemente hoy ninguna aseguradora se atrevería a cubrir, dado su alto número y el valor de las pinturas; y que, sin embargo, en aquel año de 1886 se prefirió escamotear a las autoridades portuarias, en un intento de abaratar los costes. Lo cierto es que para Durand-Ruel, el riesgo económico de aquel viaje era enorme y su fracaso hubiera podido causar su ruina. Hoy, sin embargo, conocemos el resultado final de aquella empresa: las obras de los impresionistas pronto llamaron la atención de las grandes fortunas estadounidenses, que pasaron a coleccionarlas, lo que a largo plazo marcó el mercado del arte del siglo XX, así como gran parte de sus creaciones.

El camino para aquel éxito había sido muy largo. Atrás quedaron las atroces críticas con las que fueron recibidas las primeras pinturas de Monet en París o los escándalos causados por Manet en el Salón por sus temas. Innumerables subastas sin ventas, insultos, tumultos y golpes en las exposiciones. Para muchos expertos de la época, lo que buscaban estos «impresionistas» —término acuñado desde el desprecio— era únicamente provocar. Para otros, en cambio, se trataba de un grupo de visionarios, que habían abandonado los temas tradicionales, e incluso las técnicas y prácticas de sus maestros, para ejercer un arte sin ataduras, siendo su obra toda una oda a la libertad. El momento de la fractura había llegado, si bien en aquel momento fueron pocos los que lo vislumbraron.

 En cierta medida el punto de partida del movimiento de los impresionistas
Almuerzo sobre la hierba |Manet (1863)| Wikipedia



Los antiguos y los modernos

Al igual que había ocurrido con las ciencias, la política o la filosofía, el arte también había roto con su pasado clásico, con los cánones impuestos por la tradición. Y, sin dejar del todo de lado los referentes —nunca podrían—, se había unido a la senda de la modernidad. Sin embargo, para muchos artistas de mediados del siglo XIX dicha ruptura había sido incompleta, o al menos insatisfactoria, pues seguían sujetos al proceso de producción artística, los gustos y aspiraciones de los potenciales compradores —ya fueran la corte, la nobleza o la burguesía efervescente— y la sombra del poder. El arte se ceñía a una serie de normas de estilo, demarcadas por las distintas academias o salones que, como auténticas fuentes de autoridad, imponían una serie de criterios que garantizaban el decoro y, en último término, buscaban una finalidad para las pinturas. Quedar fuera de alguno de estos parámetros suponía para el artista el ostracismo, la intrascendencia de su obra, así como la más profunda miseria. Fueron estos grilletes, esta falta de libertad, contra lo que se revolvieron los impresionistas.

Obra de Renoir, pintor impresionista
El almuerzo de los remeros | Renoir (1881)| Wikipedia

El lugar fue Francia y, más concretamente, París y sus alrededores; lo que no debe de ser extraño, pues el grupo formó parte de una generación de guerra —la franco-prusiana—, que vivió de primera mano la caída de Napoleón III, el auge y derrota de la Comuna y el nacimiento de la Tercera República. Un período convulso, especialmente para los habitantes de París, que en poco tiempo vieron la destrucción de la vieja urbe y la democratización de su entorno gracias al ferrocarril. Una nueva realidad que pronto quedó reflejada en los paisajes de Monet y Pisarro, quienes sacaron sus caballetes de los talleres para ir al campo y las calles a pintar. El impresionismo también sirvió de movimiento aglutinante para otros cambios, dentro de un contexto de pugna ideológica y transformación social, estando en general situado en el ala más progresista del debate nacional —la amistad con figuras como Émile Zola así lo garantizó—. Esto se debió en parte a la rebelión de los temas por la que abogaron sus miembros, que dio visibilidad a esa otra parte de la sociedad francesa que tradicionalmente había quedado relegada en los cuadros: esas gentes humildes, de diversiones sencillas, que acudían a las afueras en busca de un romance; esas mujeres del Montmartre, que sorteaban como podían la miseria — Renoir—; de esos vicios urbanos, provocados por la falta de expectativas —Manet, Degas—; e incluso de los excesos de la noche, en un clima de creciente relajación moral.

Esta es la obra que dio nombre al movimiento de los impresionistas
Impresión, sol naciente | Manet (1872)| Wikipedia



El grupo del café Guerbois

La historia pertenece a los hombres, sus ideas y aspiraciones, más aún en el caso de los impresionistas, un grupo ecléctico, que apenas compartió entre sí su deseo de derribar la hegemonía del Salón —en el que, sin embargo, muchos añoraron participar, en pro del éxito—, y en el que la amistad fue, en muchos casos, el único vínculo común. Por qué ni Manet ni Caillebotte pueden ser considerados unos impresionistas al uso —por técnica y temas— y, a pesar de todo, forman parte de su núcleo esencial. En cierta manera, lo que unía a todos ellos era su fascinación por la luz, así como una serie de espacios donde se reunían y hablaban de arte, los cuales terminaron erigiéndose como sedes no oficiales del movimiento: el café Guerbois, La Nouvelle Athènes, los aledaños del Sena… Sin embargo, cada uno de ellos tenía después su propio estilo e ideas, y ni siquiera compartían una misma ambición. Y es aquí donde la obra de Roe brilla con mayor fuerza, al mostrarnos la realidad particular de cada uno de estos artistas, así como su relación con el resto. Una narración que entrecruza destinos dispares, en ocasiones con tintes trágicos, como es el caso de Bazille, y hace énfasis en el carácter propio de cada uno, desde el afable Pissarro, maestro del grupo, al intransigente Cézanne. Un relato, en general, marcado por la miseria, a la que estuvo condenada la mayor parte de esta vanguardia, y cuyo éxito final pocos de ellos llegaron realmente a disfrutar. Después vino la especulación y las grandes cifras. Y para el arte la libertad y la originalidad, con el mercado como nueva sombra.

Miguel Conde 

 

 

 

 

Aprovechamos el artículo de Miguel Conde para recordar el programa que le dedicamos a la figura de Renoir.



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