Maneras artísticas (y no artísticas) de lucir el pelo

Que al cabello se le concede gran importancia en nuestra cultura es algo más que evidente: basta con ver en cualquier supermercado la gran cantidad de productos existentes, con su correspondiente publicidad en todos los medios de comunicación, dedicados a embellecer y cuidar nuestras cabelleras. Según se sea hombre o mujer, la presión social relativa al pelo será diferente: en el caso de ellos el gran enemigo será la alopecia, en el caso de ellas no sólo ésta (un auténtico tabú, por cierto), sino cuestiones como el volumen, el color o su longitud. El cabello, así, se convierte en rasgo identitario fundamental que dependiendo de las épocas y convenciones sociales, se ha asociado y asocia a conceptos como la feminidad, la fuerza, al estatus socioeconómico o incluso a determinadas tendencias políticas.

El cabello como fuente de fuerza y poder

Buceando en la literatura, encontramos un buen ejemplo de cabello con connotaciones de fuerza sobrehumana en una de las historias bíblicas más conocidas, la de Sansón, quien para ser vencido tuvo que verse despojado de su melena de una manera bien simple: cortándola con unas tijeras, tal como lo han representado a lo largo de la historia del arte artistas como Cranach o van Dyck. Una idea similar, dando un gran salto en el tiempo y en el espacio, la encontramos entre algunos de los pueblos que han habitado y aún habitan en la Amazonía.

Bandolera. C. 1865. Museo Nacional de Antropología, Madrid. CE4080
Bandolera. C. 1865. Museo Nacional de Antropología, Madrid. CE4080

Para ellos el cabello de una persona posee cualidades como el poder y el conocimiento que pueden ser transmitidas a otra persona que consiga y porte esos cabellos. Como puede imaginarse en el contexto de tribus entre las que la actividad guerrera desempeña un papel fundamental, tras la muerte de un valiente guerrero o de un destacado enemigo algún otro integrante del grupo podía cortar esos cabellos para elaborar con ellos diversos objetos que, al colocarlos sobre su propio cuerpo, le serviría para impregnarse de todas esas virtudes del fallecido. Así, el Museo Nacional de Antropología, en Madrid, conserva numerosas piezas elaboradas con pelo humano, entre ellas bandoleras y cinturones.

Una de las cabezas reducidas del Museo Nacional de Antropología. Puede verse en su exposición permanente.
Una de las cabezas reducidas del Museo Nacional de Antropología. Puede verse en su exposición permanente.

Un paso más allá en esta conservación y uso del cabello ajeno lo constituyen las denominadas cabezas reducidas, de las que el Museo Nacional de Antropología conserva numerosos ejemplares, tanto humanas como de perezosos. Y es que esta costumbre, ya en desuso, consistía en cortar la cabeza al enemigo caído en la batalla y, mediante un determinado procedimiento, retirar el cráneo y rellenar la piel, que después se ahumaba para que quedase dura. La cabeza resultante, generalmente, no es mayor que un puño y destaca por la densa y larga cabellera negra. Para finalizar, la boca era cerrada con unos palitos para impedir que el alma del difunto saliese y pudiera vengar su muerte.

Estas cabezas, que tanto rechazo pueden causarnos desde nuestra mentalidad despertaron gran interés entre coleccionistas y museos europeos y americanos a finales del siglo XIX, hasta el punto de que fueron habituales las falsificaciones realizadas con pieles de animales o cadáveres.

El uso del cabello en la joyería europea

Broche. C.1850. Museo del Romanticismo, Madrid. CE8449. Imagen via Cer.es
Broche. C.1850. Museo del Romanticismo, Madrid. CE8449. Imagen via Cer.es

Quizá este uso del cabello y piel de otro ser humano sea asociado por algunos, desde una perspectiva etnocéntrica, al carácter “primitivo” de los grupos culturales que habitaron la Amazonía. Sin embargo, el uso del pelo como parte de la ornamentación personal, llegando incluso a alcanzar elevadas cotas de elaboración técnica, también se dio en Europa y tenemos algunos ejemplos, de nuevo, en otro de nuestros museos estatales, el Museo del Romanticismo.

Se trata de un pequeño grupo de pulseras, broches, anillos, un collar y un brazalete de mediados del siglo XIX consistente en piezas de oro y pelo trenzado o mechones. En el caso del brazalete, se ha añadido también un medallón con las fotografías de un hombre y una mujer en cada una de sus caras.

Brazalete. C.1850. Mueo del Romanticismo, Madrid. CE8448. Imagen via Cer.es
Brazalete. C.1850. Mueo del Romanticismo, Madrid. CE8448. Imagen via Cer.es

Este tipo de orfebrería de luto se puso muy de moda en Inglaterra desde mediados del siglo XIX, tras la muerte del príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria. La moda llegaría, por supuesto, hasta España y en algunos retratos de mujeres españolas, como en el de Gertrudis Gómez de Avellaneda por Federico de Madrazo (Museo Lázaro Galdiano) pueden verse ejemplos de esta joyería de luto, ya se trate de pulseras, brazaletes, broches o sortijas en cuyo interior se guardaban, sin trenzar, mechones de seres queridos. De este modo el cabello se convierte en recuerdo y evocación del ser amado, único testimonio material que permanece aun cuando una persona no está presente o ha fallecido.

Y para finalizar, aludiendo a más cabellos, os dejamos uno de los cuadros de Renoir que podéis ver en la nueva exposición del Museo Thyssen, en los que contemplamos a dos niños con unas envidiables cabelleras. Esto era debido a que en tiempos del maestro francés estaba asumido que el primer corte de pelo de un niño iba asociado al paso de la niñez a la pubertad. ¡Cómo cambian los tiempos!

Renoir: Retrato de Edmond Renoir junior. 1889. Colección Nahmad.
Renoir: Retrato de Edmond Renoir junior. 1889. Colección Nahmad.

Alegra García(Los laberintos del Arte)

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