La culpa es de los perdedores (Deer Hunting with Jesus: Dispatches from America’s Class War, Joe Bageant, 2007).

Portada del libro con el Royal Lunch de fondo, taberna que sirve al autor para contar sus primeras historias.

6 de noviembre. Son las dos de la mañana -otra vez insomnio-. Enciendo la televisión y veo que Trump ha ganado en Pensilvania y puede que en Florida. Las caras de nerviosismo en los medios son más que evidentes. Perfecto, me olvido de dormir. Ya son las cuatro, y ambas victorias se confirman. De hecho, solo Minnesota e Illinois han aguantado el tirón en el Medio Oeste. Unas horas más tarde, los resultados se hacen oficiales. La derrota Demócrata es definitiva y las miradas en su sede son todo un cuadro. -Malditas estadísticas- gruñen algunos. Para muchos, es difícil ocultar su frustración y de hecho el partido aún va a tardar unas horas en reaccionar. Retrocedamos ahora al año 2004, punto de partida de nuestro libro. El lugar es el mismo, la sede Demócrata, si bien las caras de los allí presentes son muy parecidas. Bush hijo acaba de imponerse en las elecciones y, una vez más, el centro del mapa electoral se tiñe de rojo. Sin embargo, ya nadie acuña términos para señalar un fenómeno tildado en el pasado de singular y extraño (Reagan Democrats, Bush Democrats). La población del Medio Oeste, conformada en su mayoría por obreros blancos, ha vuelto a dar su voto de manera masiva a los conservadores, algo ya frecuente desde 1980. A pesar de todo, todavía hay algunos Demócratas que se resisten y se preguntan “¿qué había ocurrido en el corazón del país?”[…]“¿Por qué la clase trabajadora había votado tan evidentemente en contra de sus propios intereses?”.

Regreso al hogar

Este es el relato de un largo divorcio, el de una elite política y sus bases tradicionales. También el de una América profunda olvidada por el resto del país. Pero surge de un evento particular, el regreso de un hombre, Joe Bageant, a su tierra natal, Winchester, en Virginia, una más de las muchas ciudades que en el año 2004 votó por Bush. Un retorno que le sirvió para reencontrarse con sus familiares y amigos, sus compañeros de trabajo y sus primeros amores de la pubertad. Gente sencilla y trabajadora, que disfruta cazando y pasando las noches en el karaoke; también muy inculta, que usa las palabrotas como otra forma más de puntuación. Es lo que el autor denomina “mi gente”, pues ésta es una historia narrada en primera persona. Pero se trata de un reencuentro triste para el Bageant, que tras unos años de ausencia contempla “esa degradación progresiva (y espeluznante) que habían sufrido los miembros de mi familia, mis vecinos y de mi comunidad”. Un empobrecimiento paulatino para quienes nunca han dejado de trabajar (es más, lo habían hecho de forma entregada) y que, sin embargo, viven mucho peor que cuando él marchó.

Fotograma de la película “El Cazador” (1978), ejemplo temprano de esta América Profunda que describe Bageant

Son los perdedores del sistema, los mismos que vieron esfumarse los sueldos decentes y la estabilidad laboral con las deslocalizaciones y la desregulación, al mismo tiempo que contemplaban las celebraciones de Wall Street por los nuevos máximos históricos. Trabajadores no cualificados que sirven de mano de obra barata para una industria en decadencia, así como para unos servicios cada vez más devaluados. Gente que finalmente ha terminado alejada del resto del país, conformando una subcultura propia bastante variopinta: amantes de las armas, el NASCAR y el cristianismo más radical, en general han optado por una de las tres vías de escape de las que habla el autor: el alcohol, la comida basura o Jesús. Sujetos desinformadas, convencidos de que EEUU necesita un líder fuerte y un ejército bien equipado, pero que no tienen tan claro que deba contar con una sanidad pública bien financiada. Es este paisaje aciago, y el malestar que causó al autor, lo que le llevó a escribir nuestro libro, que se centra fundamentalmente en esta gente, “la clase pobre no reconocida como tal: ciudadanos conservadores, políticamente desinformados e indiferentes y patriotas en perjuicio propio”.

Aquí hay cabida para toda clase de individuos e historias: expolicias que aman la caza casi tanto como sus armas; camareras retiradas que malviven hipotecadas por culpa de las facturas del médico; cristianos renacidos que se consideran parte de un baluarte de virtud en un mundo gobernado por la perversión y el caos (y que creen que pronto la providencia vendrá a pedir cuentas)… También hay espacio para las anécdotas hilarantes, como las del viejo Dinck, que en una de sus muchas borracheras se peleó con un canguro en una feria; o las más románticas de Dottie, la camarera que, a pesar de su edad y sus muchos achaques, sigue atrayendo la atención en los karaokes gracias a su voz. Pero sobre todo, historias relacionadas con la pobreza y la precariedad.

La culpa es de los perdedores

Industria abandonada en Memphis

Pero la culpa de tan lúgubre paisaje no es de estos olvidados, no al menos de manera única. Estos, al fin y al cabo, están tan alienados de la realidad, tan controlados por los medios (una vida en holograma, lo llama el autor), que apenas tienen capacidad de respuesta y creen a pies juntillas las mentiras de la FOX (ahora, en la era de internet, preferimos llamarlo post-verdad). La culpa es de los otros perdedores, los Demócratas, que desde 1980 han tendido a ignorar esta realidad y a esta parte de América, la cual cada vez entienden menos, cómodos en su posición de elite y de de una clase media bien formada. Fue a partir de entonces cuando su defensa de esta gente y de sus derechos se hizo más relajada, tanto en las calles como en las instituciones, centrándose en otras causas mientras se olvidaban de la vieja América industrial. De hecho, se terminaron convirtiendo en cómplices de las transformaciones posteriores, del establecimiento de una realidad que tiene como máxima la competencia perpetua, tanto individual como colectiva, la que llevó a la fábrica de Rubbermaid en Winchester, a competir con la de Caldereyta, en México, sacrificando de por medio todo derecho laboral sin ningún tipo de regulación ni contrapartida aparente para sus trabajadores. Más aún, asumieron como propio parte de los mantras neocon de “responsabilidad personal” y de que la administración del país debe realizarse como si de una empresa privada se tratara.

Hay que señalar que las gentes de las que habla Bageant no son en absoluto personas desocupados. Al contrario, muchos de ellos tienen dos o tres trabajos. Pero estos son tan precarios que a veces no les llega ni para cubrir sus necesidades. Los responsables de esta situación tienen nombre propio y provienen de las dos partes: Reagan, los Bush… También Clinton, de quien dice que estaba “demasiado orgulloso de sí mismo con la firma del NAFTA y con la idea de haber creado una república de fondos de inversión para yuppies, como para prestar atención a los norteamericanos que solo tenían un trabajo normal y corriente”. Viendo esto, es comprensible que a muchos no les hiciera demasiada ilusión la proclama de Hillary de que si gobernaba, volverían los dorados años 90.

Bageant siempre fue una persona controvertida (digo fue porque murió en el 2011). Su estilo descuidado y su lenguaje directo nos pueden recordar mucho a Michael Moore. Él también se autodenominaba socialista, toda una losa para la conciencia política de una parte de los norteamericanos. Su maniqueísmo en el texto es, por otra parte, muy evidente y muchas de sus opiniones y de los datos que maneja son, cuanto menos, discutibles. Su descripción del pequeño y mediano empresario, por ejemplo, como poco menos que un mafioso que basa todo su éxito en la explotación sin escrúpulos de los trabajadores es demasiado simple y poblemática. Lo mismo ocurre con otras de sus ideas, así como en la forma de expresarlas. Entre ellas, la defensa a las armas (donde de repente el principio de responsabilidad personal sí que es importante) o el trato dado a las minorías. De hecho, no son pocos los pasajes en los que se le podría tildar de racista. Pero la crítica que hace a la estrategia Demócrata durante las elecciones (basada en parte en el peso de las minorías y los grupos de poder, en las estadísticas de los colectivos, obviando en cambio a esa gran masa de trabajadores cuya vida es cada vez más precaria), sí que merece al menos un momento de reflexión. Ahí están los resultados del 2004 y del 2016 para atestiguarlo.

Una oda a la educación

El libro contiene una advertencia premonitoria: “Resulta imposible darle esquinazo a esa América profunda que llevó a George W. Bush a la victoria en 2004 (y que elegiría a un tipo igual de indeseable aunque se volvieran contra Bush como perros salvajes en los últimos días de su intento por convertirse en emperador, o si lo sacaran a rastras del despacho Oval bajo custodia)”. De esto al “podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos” creo que apenas hay un paso. Y es que, para el autor, existe una barrera mucho más alta entre esta América y los Demócratas (quienes son considerados unos cínicos o unos blandos) que entre estos y los conservadores como Bush hijo, quien al menos tuvo la habilidad de presentarse como un hombre del pueblo (Trump directamente les ha prometido que romperá con el sistema).

Un ejemplo más del declive de Detroit, antaño centro de la industria automovilística Americana

Pero, ¿cómo acabar con esta situación? En este punto Bageant es firme señalando una única vía: la educación. Solo educando y concienciando a esta parte de la población se podrá reconquistar este mundo, pudiendo acabar así con su grave situación. Alimentando su espíritu crítico, estas gentes se podrán liberar de ese “holograma” en el que parecen enclaustrados, o al menos asumir una responsabilidad real y mayor de su propia situación. Una vez más, el autor se basa en su propia experiencia: él encontró un resquicio en el sistema, lo que le permitió estudiar, integrándose en esa cada vez más reducida clase media liberal. Y es que, como él mismo dice “En los viejos tiempos, la lucha de clases se libraba entre ricos y pobres […] Hoy en día está claro que esa lucha se libra entre los ilustrados y los ignorantes”.

Edición utilizada: Crónica de la América Profunda. Escena de la lucha de clases en el corazón del Imperio, Los libros del Lince, 2008.

Miguel Conde Pazos

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