Un gigante alemán en Noruega

Un gigante alemán en Noruega

“¿Por qué descubrir a todo el mundo que no tenemos pasado?”, Adolf Hitler (en Memorias, de Albert Speer, capítulo 7).

1Tras esta fotografía hay una historia interesante. Es el 31 de julio de 1913. Esa estatua colosal acaba de erigirse. Representa a Frithiof, el protagonista de una saga islandesa del siglo XIV. Es obra del escultor alemán Max Unger y, con el pedestal, mide más de 40 metros. Delante de ella está posando Guillermo II, el emperador de Alemania, con uniforme de gala. Están en Vangsnes, junto al fiordo de Sogn, en el oeste de Noruega. La estatua fue transportada hasta allí desde Berlín en quince grandes piezas después ensambladas. Es la fotografía de un alemán inaugurando una estatua alemana dedicada a un héroe de la literatura islandesa en Noruega. La historia tiene que ser interesante.

Pasados perdidos

Como bien sabía Hitler, el pasado remoto de Alemania no da mucho de sí. Rememorar a los antiguos pueblos germanos tiene sus limitaciones: Tácito los describió como nobles y austeros, nunca fueron sometidos plenamente por Roma y Arminio masacró a tres legiones en Teutoburgo. Pero poco más. Apenas se conoce su historia y sus tradiciones, sus líderes y sus dioses, no tienen literatura, ni monumentos, ni un arte espectacular. No tenían un Platón o una Acrópolis, como la Grecia que admirarían, ni un César o un Coliseo, como la Roma a la que habían resistido.

Escandinavia, en cambio, sí tiene un rico pasado bárbaro, porque tiene a los vikingos. Esto supone contar con la historia de grandes hazañas explorando, saqueando, atemorizando y colonizando a medio mundo. Pero, además, dispone de un tesoro excepcional: una fascinante literatura sobre su historia, mitos y héroes. Los Edda y las sagas les otorgan a los escandinavos un pasado glorioso y refinado más allá de sus gestas violentas, por eso han constituido un pilar fundamental en la construcción de la identidad nacional de Noruega, Suecia y Dinamarca. Asimismo, esa literatura se hizo enormemente famosa en toda Europa durante el siglo XIX. Precisamente, la Saga de Frithiof fue una de las primeras en traducirse y editarse masivamente, convirtiéndose en un verdadero bestseller y su protagonista en una figura muy popular.

Pasados robados

2Entonces, Alemania carecía de pasado mientras los escandinavos, sus vecinos, disponían de un legado con un enorme potencial. Solo hacía falta un argumento mínimamente convincente. Este lo brindó el suizo Paul-Henri Mallet al desarrollar la hipótesis de que Escandinavia había sido colonizada originalmente por primitivas tribus germánicas. Los intelectuales alemanes pronto explotaron al máximo esta teoría, que se convirtió en dogma. Germanos y escandinavos quedaban así emparentados, de manera que las glorias y cultura vikingas quedaban a disposición de la exaltación nacional de Alemania. Por eso el compositor Richard Wagner, ferviente nacionalista alemán, se inspiró en la mitología nórdica para su ópera más célebre, El Anillo del Nibelungo (1848-1874); por eso mismo el partido nazi utilizó símbolos rúnicos y guerreros nórdicos en su propaganda, financió excavaciones en Dinamarca y se congregaba en yacimientos vikingos durante la ocupación de Noruega.

Volvamos a 1913. El káiser aparece solo en la fotografía, pero en realidad es parte de un aparatoso acto de inauguración. El evento estuvo presidido por él mismo y el rey de Noruega, Haakon, ambos acompañados por una guardia de honor de cien marineros de la armada alemana. En el fiordo, el comité se completaba con un despliegue de buques militares, entre ellos el puntero e imponente yate imperial, el SMY Hohenzollern. Todo ello fue contemplado por miles de asistentes, incluida la prensa internacional. Como clímax, el káiser pronunció un discurso sobre la solidaridad de las familias germánicas mientras su barco atronaba al público con las salvas de sus cañones. La estatua y su ceremonia eran una alusión al pasado de ambas naciones, pero también un acto imperialista. Era una demostración de fuerza en un momento marcado por la carrera armamentística y naval. Era un gesto político que exponía ante el mundo la tutela alemana de Noruega. Simbólicamente, Frithiof está orientado hacia el oeste, desafiante; como héroe escandinavo y alemán, cumplía así su papel en el teatro diplomático que preludiaba a la Primera Guerra Mundial.

Quizá lo más irónico de todo es que la Saga de Frithiof, aunque transcurre en Noruega, no es noruega ni escandinava, sino islandesa. De hecho, la gran mayoría de esa literatura procede de Islandia y, además, es posterior a la época vikinga. No es la literatura de los vikingos, sino una reelaboración posterior y foránea de sus tradiciones orales; cuánto queda de vikingo en ella es algo muy discutido. Así, algunos noruegos miraron con recelo la erección de esa estatua alemana en su país, pero es que los islandeses también recelan de la apropiación noruega de su literatura. Algo está claro en esta historia, parece que los ancestros no solo se heredan, también pueden tomarse prestados.

portadaTomás Aguilera Durán

Para leer más:

Skotheim, S. 2011, Keiser Wilhelm i Norge, Oslo, Spartacus.
Svanberg, F. 2003, Decolonizing the Viking Age 1, Stockholm, Almqvist & Wiksell International.

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