Del gabinete de curiosidades al teatro de la memoria (Philipp Blom, To Have and to Hold: An Intimate History of Collectors and Collecting, 2002)

¿Qué papel juegan hoy en día las colecciones? ¿Son necesarias para nuestras sociedades o, por el contrario, están cada vez más restringidas al ámbito individual?

El 29 de diciembre de 2016, tuvimos la noticia de que el estado polaco había comprado la colección de los príncipes Czartoryski por cien millones de euros. Durante unas horas, los principales periódicos españoles tuvieron como imagen de portada (al menos en su formato digital) a “La dama del armiño” de Leonardo da Vinci, sin duda alguna, la pieza más destacable de todo el conjunto. Los artículos sobre el tema pronto se centraron en el precio final ajustado, irrisorio si tenemos en cuenta los estándares actuales del mercado, así como la forma en que el cuadro de Leonardo había terminado integrado en aquella colección.

Retrato de un hombre joven por Rafael

Más escasas fueron las referencias al resto de las piezas del conjunto, que incluyen obras de autores como Rembrandt, Brueghel el Joven, Andrea Mantegna o Lucas Cranach. A ellas habría que sumar estatuas, antigüedades y muebles, así como el archivo de la familia en Cracovia, que conserva miles de manuscritos (un fondo valiosísimo para la historia de Polonia y Europa que tuve el privilegio de consultar hace unos años). Por último, habría que añadir las cientos de obras robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, aún hoy en día desaparecidas, entre las que se encontraba el “Retrato de un hombre joven” de Rafael. Y es que, en el caso de la colección de los príncipes Czartoryski, las ausencias son casi tan significativas como las propias obras conservadas.

El valor de la memoria

Tras ojear un rato estas noticias, eché un vistazo a los comentarios de los lectores y, para mi sorpresa, la mayoría consideraba la compra como una noticia menor, siendo su precio lo único que suscitaba cierto debate. Entre los comentarios, había incluso quien señalaba cierta manipulación por parte del medio para no hablar de otros temas candentes (a veces me pregunto que esperan encontrar algunos en las páginas de cultura de los periódicos), perdiendo la noticia notoriedad a lo largo de la mañana. Es posible que esto se debiera a la percepción que se tiene de Polonia como un espacio lejano, incluso ajeno, o a la naturaleza de la propia negociación que, por su condición entre lo privado y lo público, podía despertar ciertas suspicacias. Pero no pude dejar de reflexionar sobre el tema y en la importancia que nosotros mismos damos a este tipo de colecciones, ya no en Polonia, sino en nuestras propias sociedades. En si realmente vemos utilidad en las colecciones (ya sean artísticas o de otro género) y si nos sentimos reflejados o en deuda con sus obras. Al fin y al cabo ¿Cuántos son los que no tienen interés alguno en visitar un museo?

Portada del libro con el retrato de Jacobo Strada, obra de Tiziano. Strada fue uno de los principales suministradores de objetos raros y antigüedades de los Austria de Viena durante el siglo XVI

Todo ello me llevó a leer la obra de Philipp Blom, “El coleccionista apasionado: una historia íntima”, una reconstrucción de la historia del coleccionismo desde sus comienzos, allá por el siglo XVI, hasta nuestros días, cuando lo kitsch ha democratizado la práctica, analizando el lugar de las colecciones en las distintas sociedades. Para ello, Blom recoge la historia de varias de ellas, desde los gabinetes de curiosidades del Renacimiento, a las galerías de arte privadas de los magnates norteamericanos del siglo XX, pasando por los objetos alquímicos y mágicos del emperador Rodolfo II, las series de cráneos del doctor Gall, las taxonomías naturales elaboradas por Linneo o el macabro arte de Frederik Ruysch. Cada una de estas colecciones fueron un reflejo de su tiempo: la necesidad de los eruditos de los siglos XVI y XVII de atesorar bienes curiosos y extraños en un orbe aún por descubrir; el afán en el XVIII de ordenar estos objetos y clasificarlos, de establecer cierta autoridad sobre los mismos (como se quería hacer sobre el mundo); el deseo de conservarlos como legado nacional, de establecer, por su propia posesión, un lugar el escenario global del XIX; el ansia de poseer estos bienes, de adquirirlos a todo coste por parte de los magnates capitalistas del siglo XX, como si se tratara de un epílogo de su éxito individual; y por último, la tendencia hoy en día de la gente común de coleccionar objetos, aunque sean los más nimios, en un proceso de diferenciación personal, pero también de profunda introspección, que revela mucho de la psique humana.

Frederik Ruysch (1638-1731) mezcló el arte y la medicina en su búsqueda de una belleza diferente. Para ello, no tuvo inconveniente en utilizar esqueletos de fetos

El libro de Blom es un relato de luces y sombras, de virtudes y defectos. Las colecciones surgieron en un mundo nuevo, en el siglo XVI, que ya no condenaba la curiosidad por impía y vana (como si ocurría en la Edad Media) y que, por el contrario, se lanzaba valientemente a explorar lo desconocido. Muchas de estas colecciones nacieron con el firme propósito de crear un mundo mejor, ya fuera desentrañando la esencia común de todo, como trató de hacer Rodolfo II, o aportando modelos ordenados y prácticos, como Linneo. Otros simplemente buscaron la belleza de lo extraño, en ocasiones incluso de lo macabro, como Ruysch. Hubo quien, como el conde de Buffon, se sirvió de sus colecciones para señalar ideas que posteriormente serían desarrolladas por otros científicos (en este caso Darwin). Otros en cambio fracasaron, como fue el doctor Gall, lo que no fue óbice para que algunas de sus tesis sobre la frenología fueran recuperadas dos siglos más tarde por los nazis.

Colección de pinturas del Archiduque Leopoldo (siglo XVII)

El siglo XIX convirtió a las antiguas colecciones, a los gabinetes de curiosidades, en museos nacionales y si bien estos perdieron una parte de su función descubridora, reforzaron su papel como instrumento de formación y concienciación nacional. El museo se convirtió así en el teatro del mundo, que representaba el papel de cada nación en el planeta (que mejor ejemplo que el Museo Británico). Aún hoy en día los museos parecen ser un emblema nacional, fruto de la acumulación de éxitos de una sociedad, pero también de la brillantez de sus individuos.

La avaricia y la obsesión.

Montaje del Monasterio de Sacramenia (Segovia), comprado y trasladado por Hearst a Miami en los años 50 (Fotografía El País).

Luego están las sombras. Los gabinetes de curiosidades nacieron junto al capitalismo, cuando el concepto de Avaritia perdió parte de su carga peyorativa. Una colección suponía un acopio de bienes (algo censurable en el pasado) y para muchos, poseerlos se convirtió en un fin en sí mismo, llegando a ser una obsesión. Rodolfo II se ensimismo tanto en sus colecciones que terminó perdiendo los tronos de Bohemia y Hungría. Randolph Hearst debió parte de su ruina a su empeño por comprar piezas de arte europeas. Hubo quien incluso estafó y asesinó por hacerse con algunos objetos. Otros simplemente se sintieron tan atados a sus colecciones que, cuando se liberaron de ellas, experimentaron una gran satisfacción.

Joseph Duveen

El empeño por cubrir el vacío de una colección terminó convirtiéndose así en una obsesión, lo que fue aprovechado por gente ávida. Joseph Duveen, el gran marchante de arte de Nueva York de la primera mitad del siglo XX, descubrió que la mejor forma de vender piezas a los ricos era haciéndoles creer que no podían comprarlas. De esta forma, no solo inflaba el precio (ya que irremediablemente terminaba cediendo a sus instancias), sino que creaba la sensación de triunfo en el comprador. Los efectos de esta obsesión fueron en muchos casos destructivos. Durante años, los magnates estadounidenses mostraron un gran empeño en dejar a Europa sin sus tesoros, dispersando el patrimonio de países que, como España, aún no se habían preocupado en protegerlos. Todavía hoy en día, el mercado de antigüedades y objetos raros sigue dando pingues beneficios, que en los últimos años se ha beneficiado (e indirectamente promovido) de los desastres de Oriente Medio y otros lugares del mundo.

Paisaje con el buen samaritano, Rembrandt, otra de las piezas más destacadas de la colección Czartoryski.

Con la compra de la colección la Czartoryski, y a falta de conocer los detalles de la misma, al menos parece que se ha desterrado algunos de estos males, confirmándose ésta como un emblema nacional, por otra parte, como siempre quisieron sus fundadores.

(Edición utilizada: “El coleccionista apasionado. Una historia íntima”. Editorial Anagrama, 2013).

Dr. Miguel Conde Pazos

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