Del vampiro histórico al literario

Tras haberse informado de que en el pueblo de Medvegya los llamados vampiros han matado a varias personas sorbiéndoles la sangre, fui enviado allí por alto decreto del Honorable Supremo local para investigar a fondo la cuestión junto con los oficiales designados a tal efecto y dos suboficiales médicos…
Johann Flückinger, oficial médico austriaco. Belgrado, 26 de enero de 1732

Reseña de «Historias del Vampiro Griego», obra de Álvaro García Marín 

Cada época tiene sus monstruos. El siglo XVII, marcado por la Contrarreforma, la confrontación confesional y el temor a cualquier tipo de desviación religiosa, fue el tiempo de las brujas. Y el XVIII, siglo de las luces, la razón y la Ilustración, tuvo a los vampiros. “Entre 1730 y 1735, no se oyó hablar de otra cosa que no fueran los vampiros”, dijo Charles Nodier en su Infernaliana (1822). Y en efecto, a lo largo de todo el siglo, el tema fue objeto de atención de las figuras más sobresalientes, incluyendo a Voltaire, Feijoo y Rousseau.

Por supuesto, la mayoría de ellos consideraron a los vampiros como una mera invención, un ejemplo más de como la humanidad aún seguía sumida en la más oscura superstición. Pero no siempre fue así. Durante la tercera década del siglo se desató por todo el continente una gran controversia en torno al vampirismo, que ocupó debates en las universidades de Alemania e incluso despertó el interés de varios monarcas. Entre ellos, el de Jorge II de Inglaterra o Luis XV de Francia, quien llegó a escribir a su embajador en Viena para que recabara información.

Portada de «Historias del vampiro Griego»,
Portada de «Historias del vampiro Griego», de Álvaro García María | CSIC

Detrás de la mayoría de estos debates había un conflicto mayor, que tenía mucho que ver con la conformación del ideario ilustrado y el papel de la teología dentro de un mundo cada vez más científico. Pero paradójicamente, fueron estas pugnas las que abrieron el camino a los vampiros y les permitieron dar el salto de una creencia local a un temor universal. El tema pronto se popularizó en toda Europa, para convertirse en objeto de burla y descrédito entre los ilustrados; pero también para vender libros y llenar los teatros, sobre todo cuando a principios del XIX se constató la gran atracción que los vampiros despertaban entre el público. No eran todavía nuestros vampiros, los que hoy dominan el imaginario colectivo. Estos surgieron en 1897, cuando el éxito Drácula conformó la visión que a partir de entonces se tuvo de ellos. Pero Bram Stoker bebió de múltiples fuentes y tradiciones, y lo cierto es que el camino fue largo.



El vampiro “histórico” y el vampiro literario

El objetivo de esta obra trata precisamente de recuperar una de estas tradiciones, la del brucolaco o vampiro griego, hoy olvidada frente al vampiro de la Europa Oriental. Para ello se acerca al origen del mito, así como a los motivos por los que fue relegado.

Pero vayamos por partes. La obra está estructurada en cuatro grandes bloques. En el primero, el autor se aproxima al vampiro “histórico”. No el Vlad Tepes de Valaquia, sino a los casos de la Europa Oriental. Al zapatero de Silesia (1591), los muertos masticantes alemanes (Nachzehrer) o los Upierz de Polonia. Y sobre todo al estallido vampírico de Serbia de 1732. Un caso arquetípico, al nacer en un territorio austriaco recién arrebatado a los turcos. Una sociedad de frontera, donde las confesiones y las creencias se entrecruzaban, y las pestes se resistían a desparecer. En la mente de la época, todo mal surgía de oriente y los vampiros no fueron menos. Un súbdito turco, una mujer llegada del otro lado de la frontera solían ser los gérmenes del brote. Lo fueron en 1725, 1728 y 1730. Pero en 1732 fueron las autoridades austriacas las que trataron la crisis, aportando una oficialidad y cientifismo al caso que brindaron un alto grado de verosimilitud al vampirismo.

Imagen sobre el vampiro histórico y el vampiro literario
Le Vampire, litografía de R. de Moraine (1864). El caso serbio de 1732 fue típico: tras la muerte de una serie de personas, los aldeanos desenterraron a un supuesto vampiro para cremarlo. Pero en este caso se realizaron 16 autopsias y un informe

Tras ello, la expansión del fenómeno por el continente, protagonizando debates y libros, todos ellos con sus propias teorías ¿epidemia, entierro prematuro o mera superstición? Los médicos pronto empezaron a pugnar con los teólogos, mientras los tratados se multiplicaban. El auge se extendió hasta 1739, cuando el tema empezó a agotarse, a pesar de lo cual siguieron apareciendo obras. Una de las más célebres fue la del padre Antoine Augustín Calmet (Dissertation, 1746), traducida a varios idiomas y comentada por figuras como el padre Feijoo o Voltaire.

 

La Dissertation de Calmet no aseguraba la existencia de vampios
La Dissertation de Calmet: la obra no aseguraba la existencia de vampiros, aunque su primera edición sí se mostraba más ambigua. Aún así, su éxito desacreditó parte del resto de la obra de Calmet|  Gallica.fr

Pero luego, en 1755, hubo un nuevo brote, esta vez en Bohemia. No es que no hubieran existido casos entre medias. Al contrario, estos se habían sucedido, e incluso algunos delegados provinciales austriacos se habían especializado en explotar el fenómeno. No hablamos de cazavampiros (aunque esta creencia sí existía entre los linajes de brucolacos), sino más bien de funcionarios que hacían la vista gorda ante el procedimiento tradicional: el desenterramiento del cadáver sospechoso y su incineración, como mínimo.

Pero esta vez, la emperatriz María Teresa, aconsejada por su médico personal Van Swieten, decidió poner punto final a dichas prácticas, tildándolas de supersticiosas. Se inicio así un largo proceso de descredito, alimentado por el grupo de los Philosophes, donde ya no hubo cabida para la credulidad. Una de sus primeras víctimas fue el padre Calmet, cuya obra general (por lo demás, muy reputada en teología e historia), quedó irremisiblemente manchada por el éxito de su Dissertation.

A partir de entonces, el vampiro se convirtió en sujeto de superchería, así como en la quinta esencia de los excesos del este: del oscurantismo que inculcaban los popes ortodoxos al pueblo; de los atropellos de los terratenientes hacia sus siervos; del prejuicio, en el fondo, hacia una Europa Oriental que juzgaban aún pendiente de civilizar. Luego llegó el crepúsculo del siglo y con él un nuevo giro. Para muchos revolucionarios, el vampiro representaba el pasado, el aristócrata que, con sus vicios propios del Antiguo Régimen, se empeñaba en vivir en un orden ya no le pertenecía. Una figura que se haría extensiva con el tiempo a otras clases y pueblos. Pero ya nunca sería una figura “histórica”: llegaba el tiempo del Romanticismo, de la literatura y la ficción.



El brucolaco olvidado

Stoker situó a Transilvania como el hogar de su vampiro. Sin embargo, no hubieran sido pocos los que, un siglo atrás, hubieran situado la capitalidad del fenómeno en Grecia, puede que en Creta o Santorini. Lugares donde, al menos desde el siglo XV, existía la creencia del brucolaco, una criatura de similares características al vampiro. Los brucolacos (Vrykolakas) eran conocidos en occidente desde el Renacimiento, con algún caso difundido en 1575. El Barroco católico los describió, aunque solo fuera para considerarlos un error más de los “griegos cismáticos”. Y en el siglo XVIII, el brucolaco griego fue casi tan conocido para los ilustrados como el vampiro de la Europa Oriental. ¿Por qué hoy en día esto se ha olvidado?

El segundo gran bloque de la obra se dedica a resolver esta cuestión y desgranar el origen y desarrollo de este mito. Una cuestión de identidades, y sobre todo de la percepción que se tenía en Europa de lo griego. El brucolaco fue sinónimo de corrupción. Para los renacentistas, el fenómeno no era más que un síntoma de la urgencia que había de liberar a los griegos del yugo turco. Para el clero de la Contrarreforma, otro ejemplo de las limitaciones de la fe ortodoxa, ligado en muchos casos a la ausencia de purgatorio.

Luego, en el siglo XVIII, llegó Winckelmann y con él la reivindicación de Grecia. ¿Cómo conciliar esta visión clásica con la creencia entre los griegos contemporáneos de los brucolacos? ¿Tan prolongado había sido su declive? Con el tiempo, liberarse de la creencia de los vampiros se convirtió en una cuestión de identidad para los griegos, de recuperar un brillo cultural perdido por culpa de la esencia viciosa de oriente y el prolongado dominio otomano.

Por supuesto, la guerra de la independencia griega (1821-1830) profundizó en estas cuestiones, al igual que lo hizo el historiador austriaco Fallmerayer, al negar la helenidad de los griegos modernos (Historia de la Península de Morea durante la Edad Media, 1836). De esta forma, acabar con los brucolacos se convirtió casi en una causa nacional. La superstición quedó poco a poco relegada al campo, donde sobrevivió prácticamente hasta la I Guerra Mundial. Pero ya nadie localizó a los vampiros en Grecia, para situarlos claramente en el este de Europa.

La plaga, 1898, de Arnold Böcklin

De Polidori a Stoker

Más tarde, la ficción del XIX trasladaría al vampiro del exótico oriente a las urbes de occidente. Abandonó así su talante lejano, para adoptar formas góticas y oscuras. Poco a poco, representó las sombras de la época, aquello que ni la ciencia ni la Revolución Industrial eran capaces de desentrañar. Y sobre todo atrajo al gran público. Un primer hito fue “El vampiro” (1819), de John William Polidori, publicado falsamente como una obra de Byron (de quien era médico personal), de gran éxito en la época.

Después siguió un nuevo estallido vampírico, esta vez de ficción, con multitud de obras de teatro y novelas. El monstruo estaba aún en conformación, como el autor desarrolla en el tercer bloque de la obra, dedicado a este siglo de la ficción. Todavía representaba la corrupción y no siempre mordía a sus víctimas, una cualidad muy propia de los vampiros modernos. Pero también parecía mostrar cada vez más esa parte oscura de la psique humana, tan atractiva para el gran público. Hasta llegar a Stoker y el cine, conformando nuestra visión actual de los vampiros.

El último gran bloque, realmente la mitad de la obra, contiene una extensa antología de textos, la mayoría reproducidos y traducidos por vez primera, lo que aumenta su valor, sobre todo entre aquellos que quieran hacer una aproximación seria y literaria a la materia. Cientos de páginas, de las que no me puedo a resistir a recoger la aseveración con la que Benito Jerónimo Feijoo cerraba su opinión sobre el tema: “En cuanto a hacer juicio de la verdad, o ficción de los que se dice de Vampiros, Brucolacos y Excomulgados todos los tengo por unos; conviene saber que todo es patraña, ilusión, y quimera”.

 

Miguel Conde 

 

 


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