Una cuestión de honor, El duelo de Joseph Conrad

Silesia, 1806, unas semanas más tarde de la batalla de Austerlitz. Mientras Napoleón Bonaparte redefine el mapa de Europa, dos oficiales de su ejército, Feraud y Hubert, combaten en un duelo. Se trata del tercer enfrentamiento entre ambos y, para entonces, su disputa por una cuestión de honor ya se ha hecho célebre entre las huestes francesas, por lo que no es de extrañar que en esta ocasión haya público en el duelo. Como arma utilizan el sable de caballería, con el que durante largos minutos luchan, hiriéndose mutuamente y dejando sus camisas reducidas a harapos. Tras siete choques y dado el cansancio de ambos, sus padrinos deciden poner fin al combate sin haber un vencedor claro. Todo el mundo está de acuerdo: ambos se han comportado con gran valor, sin mostrar en momento alguno un ápice de flaqueza. Pero, una vez más, la cuestión de honor que les enfrenta (ese misterio que, junto al duelo, capta la curiosidad de todos los asistentes) tendrá que resolverse en un futuro. El siguiente choque, producido unos meses más tarde, será a caballo. El siguiente, con pistolas.

El duelo es un relato corto del escritor polaco Joseph Conrad sobre la vida de estos dos oficiales, Feraud y Hubert, y su eterno enfrentamiento por los campos de batalla de toda Europa. Una historia en tono irónico más que épico, basada muy probablemente en un enfrentamiento real que ocurrió en el seno del ejército napoleónico. Toda una crítica a la práctica del duelo, así como con algunas costumbres del todo irracionales relacionadas con el honor y la guerra y como esta última puede marcar la vida de una generación. El duelo es, en cierta medida, una oda a los demi-solde, los soldados de Napoleón que con la Restauración pasaron al retiro forzoso, convirtiéndose en figuras tan nostálgicas como inexistentes para el nuevo orden. Se trata también de una historia de Europa, aquella que vivió durante más de veinte años en duelo perpetuo contra Napoleón; y es ante todo una historia de Francia, que tras perder ese duelo fue incapaz de superar del todo su pasado revolucionario y acomodarse al nuevo orden de cosas.

Conrad utiliza toda una serie de personajes para presentarnos cada uno de estos extremos. Por supuesto, están los contendientes, cada uno representante de una serie de valores propios. El teniente Hubert, de espíritu frío y flexible, quien lleva su enfrentamiento con Feraud como una pesada carga que estúpidamente se ha visto obligado a llevar, así como un obstáculo incómodo dentro de su carrera militar. Todo lo contrario que su rival, Feraud, que vive únicamente para la guerra y sus duelos con Hurbert. De carácter altivo y belicoso, si algo define a Feraud es su valor, con el que suple el resto de sus carencias. Ambos oficiales representan las distintas realidades de la Francia post-revolucionaria, una generación marcada por esta y la figura de Napoleón, e incluso las diferencias locales. Conrad, por ejemplo, no deja de repetir una y otra vez el origen definitorio de Feraud como hombre meridional, lo que hace de él tan intrépido como impredecible como si hubiese nacido intoxicado por el sol de su país donde madura la vid”. Hubert, en cambio, forma parte de “los aguanosos cielos de Picardía, por lo que su carácter es más templado, siendo en general mucho más táctico y eficaz. También son diferentes sus anhelos, sobre todo tras la marcha de Rusia y la penosa travesía de ambos en el batallón sagrado. Un acontecimiento que cambia radicalmente a Hubert, quien a partir de entonces solo encontrará la felicidad en la paz. Feraud, por lo contrario, solo sabe vivir en la guerra. Esto a largo plazo marcará el destino de ambos tras la derrota del gran corso. Y mientras que Hubert se acomodará a la nueva situación, incorporándose por méritos y casamiento a la elite de la Francia de la Restauración, su rival, Feraud, caerá en desgracia, convirtiéndose en el arquetipo del demi-solde.

Feraud (Harvey Keitel) en la versión cinematográfica del libro de Ridley Scott: Los dueslistas (1977).

El caso de Hubert no fue único y como él hubo muchos otros: Fouche, Talleyrand o Bernadotte, por citar solo los más célebres. Pero para él la cuestión del honor estuvo siempre presente. Y con ella, Feraud, a quien solo le queda su nostalgia por el emperador (ese héroe sublime encadenado a una roca en medio de un océano salvaje) y su lucha pendiente con Hubert. Cabe destacar entonces a un tercer personaje: el viejo Chevalier, tío de la prometida de Hubert, huido de la revolución y férreo partidario del rey. En cierta medida, Chevalier representa el pasado, la Francia del antiguo orden, aquella que ingenuamente cree que se puede reinstaurar la situación previa a 1789 (y al que sin duda el mundo ya no le pertenece). El mismo que primero conmina a Hubert para que salde su disputa con Feraud, por tratarse de una cuestión de honor, hasta que averigua que este no es más que el hijo de un herrero, un producto de la revolución y de Napoleón. Entonces dirá: esa gente no existe… todos esos Ferauds ¡Feraud! ¿qué es Feraud?.

Miguel Conde Pazos

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