Espejo de naciones (La guerra de los doscientos años. Aragón, Anjou y la lucha por el Mediterráneo, David Abulafia, 2017)

Representación impresa del mapa de T en O por Günther Zainer en 1472. El mapa ilustra la primera página del capítulo XIV de las Etimologías de Isidoro de Sevilla, donde los continentes aparecen como dominios de los hijos de Noé: Sem (Sem), Iafeth (Jafet) y Cham (Cam). 

Antiquitatum variarum fue una de las obras más influyentes de la primera mitad del siglo XVI, siendo recogida y citada por multitud de autores de la época. Escrita en 1498 por Annio de Viterbo, en ella se narraba el origen de los diversos pueblos de Europa, remontándose a los tiempos en que los hijos de Noé repoblaron la tierra. Para ello, el autor se valió de unos supuestos manuscritos que había hallado en Mantua y Génova, recogiendo, además de la tradición griega y latina, la egipcia, hebrea e incluso caldea. Las voces críticas sobre su trabajo fueron escasas en aquel momento, a pesar de sus maravillosas afirmaciones, y pocos fueron conscientes de las grandes lagunas que tenía Annio en cuanto al conocimiento de las lenguas orientales. De hecho, el de Viterbo llegó a asegurar que sabía hablar etrusco. Por supuesto, toda su obra no era más que una mera falsificación bien elaborada, carente de todo fundamento histórico, a pesar de lo cual, no se descubrió el engaño hasta unas décadas más tarde (de hecho, las referencias al Antiquitatum siguieron siendo comunes hasta bien entrado el siglo XVIII). Entre las motivaciones del autor para tal artificio estaba su deseo de ensalzar la cultura italiana frente a la griega, así como dar una mayor cabida a la Biblia en la historia. Annio de Viterbo, por otra parte, no fue el único en remontarse a los tiempos de Noé para explicar el origen de los europeos (si bien el resto de su falsificaciones fueron totalmente deliberadas). Pedro de Medina, en su Libro de las Grandezas de España (1548), recuperó la figura ya conocida de Túbal, nieto de Noé, para hablar del primer habitante de la península. Esta ya había aparecido en crónicas medievales, e incluso Isidoro de Sevilla se hizo eco de él. La obra de Medina, por otra parte, tenía una finalidad moralista muy evidente, siendo una más de las muchas historias providencialistas que fueron apareciendo durante las décadas siguientes, con relatos y metáforas poco realistas.

A día de hoy, tales mitos, y la mera idea de que se pueda remontar los orígenes de un pueblo al mismísimo Noé, puede resultarnos algo ridículo. Lo mismo podemos decir de las de las afirmaciones de Medina, o a otras corrientes de estudio entonces en boga, como el goticismo sueco o el sarmatismo polaco. Muchos de sus planteamientos suelen tener tanta verosimilitud para nosotros como el de esos otros árboles genealógicos de la época, en los que los nobles trataban de remontar su estirpe a cierto emperador romano (o, ¿por qué no? a un semidios griego). Nuestra sorpresa, por otra parte, se debe a nuestro acervo cultural, profundamente marcado por la Ilustración. Fue entonces cuando la mayor parte de estas historias fueron descartadas, siendo depuradas ante la exigencia, cada vez más apremiante, de dar una verosimilitud cada vez mayor al relato histórico. Para ello, se incluyó un aparato crítico mucho más concienzudo, así como la imposición de una ética que primaba el realismo y el relato racional sobre el mensaje. A esta corriente le sucedió, un siglo más tarde, la influencia de toda una serie de historiadores (Ranke, Mommsen…) que tuvieron como vocación el hacer de la historia una actividad científica más, dejando de tener cabida ciertos relatos de corte religioso.

Naciones e historia

Caballeros de la quinta cruzada llegan al fuerte de Damietta. Autoría desconocida.

Sin embargo, la historia de nuestros días sigue estando plagada de mitos, muchos de los cuales son asumidos por gran parte de la población. Estos son en muchas ocasiones relatos recuperados de las viejas historias medievales y renacentistas, remodeladas para un discurso moderno nada inocente. De hecho, nuestra historia está igualmente manipulada, y aunque más avanzada y científica, sigue conteniendo toda una serie de mitos e ideas implícitas que responden a determinados intereses o procesos históricos. Esto se debe en parte al papel desempeñado por la historia a partir del siglo XIX, cuando se convirtió en un elemento más, sino el fundamental, en la formación de la conciencia nacional. Como señala Michael Burleigh en su Poder Terrenal , los revolucionarios y liberales no solo debieron desarticular el Antiguo Régimen, basado en la tradición y en las viejas estructuras de corte feudal, sino también construir un orden nuevo capaz de aportar legitimidad a su gobierno. Para ello, no dudaron en desarrollar toda una serie de relatos y mitos de marcado carácter nacional, así como una religión de estado (que en muchos casos sustituyó a la tradicional como eje central de las costumbres y rituales de la población) basada primordialmente en la historia. Pero no a partir de la historia científica y crítica, llena de aparatos complejos y discursos totalmente ininteligibles para una población aún en proceso de alfabetización. No, en vez de ello, elaboraron un relato sencillo y manipulado que, construyéndose a través de un sinfín de mitos y lugares de memoria hábilmente falseados (pero atractivos para la población), presentó la historia como un proceso ineludible hacia la construcción del estado nación.

Esto marcó a toda la historia posterior, corrompiéndola en parte, configurando al mismo tiempo la imagen que se tenía de los diferentes periodos. De esta forma, la Alta Edad Media se moldeó como un periodo oscuro, de génesis para muchos de estados nación, donde, al igual que ocurrió en la Antigua Grecia con la Época Oscura, los héroes y mitos convivieron con los primeros rasgos de singularidad nacional . En ella, los lugares de la memoria son tan comunes y recordados como falseados: Arturo, Roldán… La Baja Edad Media también se convirtió en escenario de la épica de muchas naciones (las Cruzadas, la Reconquista…). Historias sencillas y maniqueas, fácilmente memorables (e incluso recreables), capaces de empapar de espíritu nacional a unos campesinos que hasta entonces habían sido católicos o protestantes, habitantes de una determinada región o pueblo, pero que apenas se sentían ciudadanos de un país. Esto, por otra parte, tuvo su precio, pues creo un problema a la hora de narrar determinadas historias, excluidas por su incompatibilidad con el discurso oficial. Por ejemplo, no fueron pocos los reinados de monarcas de origen extranjero que fueron olvidados. Tal fue el caso de la Sicilia Medieval, que fue obviada por completo por una historiografía nacionalista italiana que buscaba su reflejo en las repúblicas mercantiles del norte (Génova, Venecia, Florencia, Pisa…). El acervo popular sigue aceptando muchos de estos planteamientos, sin expresar demasiadas críticas, debiendo ser las historias regionales y los particularismos, en el caso de Sicilia, los que plantearon su propio relato. Por otra parte, no se trata de una desviación exclusiva del XIX. La Unión Europea sigue buscando a día de hoy una serie de vías comunes para establecer (o tratar de establecer) una historia común, en un intento de aportar un bagaje cultural más amplio a un proyecto aún en ciernes.

El Mediterráneo medieval

Portada de la obra.

Por eso, tienen un especial valor obras como la que hoy tratamos. La “Guerra de los Doscientos Años” narra la pugna del Mediterráneo entre las casas de Anjou y Aragón por el dominio de Sicilia tras el fin de los Hohenstaufen, un duelo que se extendió durante casi doscientos años y que enfrentó a varias generaciones. Una lucha, por otra parte, en la que, como en la Guerra de los Cien Años, participaron más contenientes además de los antes citados: Francia, Castilla, Bizancio, el Sacro Imperio y, por encima de todos, el Papado. Entidades en muchos casos sin descendencia nacional, que jugaron un papel preponderante en la época y que después se perdieron o se desdibujaron en la historia, por lo que han carecido de narradores que contaran sus desventuras. Quizá una de las mayores virtudes de Abulafia (y el auténtico valor de esta obra) haya sido el transmitir de una forma concisa y amena una historia larga y compleja (en apenas un par de días pude leerlo), aportando una panorámica general que huye de ciertas ideas preconcebidas, muchas de ellas procedentes de esta historia nacionalista, presentando una visión crítica y al mismo tiempo amena. De esta forma, el autor tiene ciertos pasajes en los que, con brillantez, rememora la recuperación tardía de la historia del Mezzogiorno, poniendo en su sitio su importancia histórica. Al mismo tiempo, crítica ciertos ideales bien arraigados, como la interpretación tradicional que se ha dado a los Almogávares, o el papel jugado por la Casa de Aragón tras las Vísperas sicilianas.

Mosaico en la Cámara de Elisabeth de Hungría. En el mosaico vemos al marido de Elisabeth, Luis IV de Turinga, en la cruzada con Federico II de Hohenstaufen.

La Guerra de los Doscientos Años recurre a la larga duración, y muestra los profundos cambios experimentados en el Mediterráneo durante este tiempo. Un mar que servía de espacio de conexión y que tenía a Sicilia y Nápoles como sus ejes centrales. Que conectaba, de Este a Oeste, a Bizancio y Tierra Santa con el resto de la cristiandad y que de norte a sur había desarrollado toda una serie de vínculos económicos con Túnez y Levante. La obra también narra cómo estos mismos vínculos se fueron diluyendo con el paso del tiempo, ante la hegemonía creciente del norte de Italia y un mundo financiero cada vez más complejo. También reconstruye el cambio demográfico ocurriendo con el transcurrir de los siglos, de unas áreas preeminentemente griegas y musulmanas (Sicilia, Mallorca), a otras en las que el elemento italiano o aragonés se hizo mayoritario. La larga duración en la narración también se extiende a los conflictos, el de los emperadores y papas, los gibelinos y los güelfos, los Aragón y los Anjou. Además, guarda un espacio para tratar los problemas particulares de cada uno de los dominios de estas dos familias, de las que al menos una (los de los Anjou) poco sabíamos, con conexiones con Hungría y el mundo bizantino. También para la problemática social, especialmente grave en el caso de Barcelona (la busca y la viga) así como de las minorías, siendo un periodo de grandes persecuciones.

Una pugna que tuvo continuidad en el tiempo, y que marcó la historia de Europa, al menos, hasta las Guerras de Religión. Y sin embargo, una lucha olvidada por muchos, y recreada por otros, como consecuencia natural de las propias dinámicas nacionalistas. En resumen, una panorámica general que, sin profundizar demasiado ni incluir una bibliografía voluminosa, invita al lector a indagar más, aportando ciertas bases sobre el periodo.

Miguel Conde

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