El misterio oculto de la naturaleza

El espíritu investigador del hombre trata de tiempo en tiempo, y con éxito desigual, de romper formas anticuadas, símbolos inventados. Alexander von Humboldt, 1845 (Cosmos)

UN CUADRO DE RODAS

En 1795 el explorador Alexander von Humboldt publicó un extraño relato en la revista Die Horen (Las Horas), que tituló La fuerza vital o el genio rodio. Según cuenta, la antigua ciudad de Siracusa poseía espléndidas pinturas sobre su historia y sus mitos, pero había una en concreto, bautizada como el Genio rodio, que era especialmente admirada y valorada. No es que fuese de una calidad extraordinaria ni de ningún artista famoso; su importancia radicaba en que nadie entendía su significado.

El cuadro representaba a un grupo de chicas y chicos desnudos que, con una expresión de sufrimiento y deseo, extendían sus brazos los unos hacia los otros, como suplicando poder acercarse entre ellos. En el centro del grupo había un ser mitológico, un genio luminoso que sostenía una antorcha encendida y en cuya espalda se posaba una mariposa. Eso era, sencillamente. La obra había llegado un siglo antes entre los restos de un naufragio que, por sus mercancías, parecía proceder de la isla de Rodas y, desde entonces, aquella composición había intrigado a los siracusanos. Durante generaciones, los eruditos locales especularon sobre su significado y las autoridades habían enviado copias por toda Grecia consultando por su simbolismo, sin lograr nunca una respuesta satisfactoria.

Un día llegó al puerto de la ciudad una flota procedente de Rodas cargada con numerosas obras de arte. Entre sus maravillas, llevaba un cuadro muy parecido al Genio rodio, del mismo estilo y recreando una escena similar, pero con ligeras diferencias, por lo que parecía ser una continuación de su historia; aquel descubrimiento parecía ser la clave para resolver el enigma.

Alexander von Humboldt en el Amazonas
Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland en la selva del Amazonas, Eduard Ender, ca. 1850. Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Humboldt_and_Bonplant_in_the_Jungle.jpg .



EL CIENTÍFICO EN LOS RAUDALES

Muy poco después de escribir esa historia, Humboldt estaba embarcado en una exploración legendaria. Entre 1799 y 1804 recorrió la selva amazónica y las regiones andinas en un viaje que marcó su vida y la historia de las ciencias naturales.

Cuánto da carácter individual a un paisaje: el contorno de las montañas que limitan el horizonte en un lejano indeciso, la oscuridad de los bosques de pinos, el torrente que se escapa del centro de las selvas y se estrella con estrépito entre rocas suspendidas, cada una de estas cosas ha existido, en todo tiempo, en misteriosa relación con la vida interior del hombre. Cuadros de la naturaleza, libro 2, capítulo 1

Concretamente, escribió esto inspirado por su experiencia en los peligrosos raudales del Orinoco, pero hay algo más que pura literatura en sus palabras. Formado en múltiples disciplinas científicas, Humboldt tenía una extraordinaria capacidad para observar y analizar lo que le rodeaba, pero además era un espíritu romántico, así que no limitaba su visión al terreno de la ciencia racional. Para él la verdadera comprensión del mundo debía combinar las mediciones objetivas con las emociones subjetivas que experimentaba el investigador, pues la naturaleza y sus fuerzas ocultas conformaban un todo único que no podía desligarse.

Página del diario de Humboldt en su recorrido del Orinoco, 1800. Fuente: https://humboldt.staatsbibliothek-berlin.de.

LA FUERZA VITAL

En cuanto aquel nuevo cuadro llegó al puerto de Siracusa, el tirano de la ciudad ordenó que lo llevasen inmediatamente a Epicarmo, un sabio muy anciano, para que solucionase definitivamente el misterio. En esa segunda pintura los mismos personajes habían cambiado: el genio inclinaba la cabeza, su antorcha estaba apagada y la mariposa se había marchado; los jóvenes, en cambio, se abrazaban entre sí con gesto de alivio y felicidad.

El filósofo lo contempló largamente y, al fin, expuso su interpretación: los cuadros representaban la vida y la muerte, el genio simbolizaba la fuerza vital y los jóvenes eran los elementos de la naturaleza; mientras el genio mantenía su vigor, los jóvenes permanecían en orden, disciplinados, pero cuando la fuerza vital decaía, los elementos podían entregarse a sus impulsos primarios y fusionarse de forma caótica. Por eso los seres vivos, al morir, se desvanecen en la tierra. «La materia reclama su libertad», anunció finalmente el sabio, pues estaba agonizando.

Hay todo un sistema filosófico tras esta historia. A finales del siglo xviii, cuando empezaban a descubrirse los vínculos entre fisiología, química y electricidad, surgió la necesidad de explicar de manera científica el fundamento de la materia viva. Se formuló así la teoría de la fuerza vital, que defendía la existencia de un impulso especial, diferente de las fuerzas químicas o mecánicas, que ordenaba los elementos para conformar organismos vivos. De esta manera, se establecía una clara división entre lo vivo y lo inerte, lo orgánico y lo inorgánico, lo que contenía fuerza vital y lo que no. El vitalismo era una forma puramente romántica de explicar el misterio de la vida prescindiendo de justificaciones sobrenaturales, prescindiendo de Dios. El cuento de Humboldt es quizá la explicación simbólica más original que existe de esta teoría.



LA MUERTE DEL GENIO

Lo cierto es que los mismos avances científicos que inspiraron el vitalismo acabarían con él. La teoría llevaba tiempo cuestionándose cuando Friedrich Wöhler la derribó definitivamente en 1828 al lograr sintetizar urea en su laboratorio: era posible crear sustancias orgánicas a partir de elementos inorgánicos, de modo que no existía ninguna fuerza vital especial, sino que todo estaba compuesto por los mismos elementos y sometido a las mismas leyes. Aquellas fronteras entre lo vivo y lo muerto resultaban ser puro mito y el propio Humboldt se dio cuenta. Cuando en 1826 reeditó su relato como anexo en su libro Cuadros de la naturaleza, incluyó una nota final en la que renegaba del vitalismo.

Escribió aquel relato siendo muy joven, y desde entonces había pensado mucho. Haciendo experimentos de anatomía, recorriendo selvas, escalando montañas, navegando ríos, Humboldt acabó convencido de que toda la diversidad que puede observarse en el mundo era el resultado de un único gran sistema de vínculos entre los distintos componentes de la naturaleza. Que la fuerza de una marea, la erupción de un volcán, el crecimiento de una planta o la inspiración de un artista son parte de un mismo universo interconectado. Como el viejo Epicarmo, dedicó su vida a comprender las fuerzas ocultas de la naturaleza; al final, esta seguía manteniendo su misterio, pero ni Dios, ni siquiera el genio rodio, eran ya necesarios.

Tabla física de los Andes y los países vecinos, de Alexander von Humboldt, representa los vínculos entre climas, paisajes y plantas sobre una sección del Chimborazo. Fuente: Peter H. Raven Library/Missouri Botanical Garden (CC BY-NC-SA 4.0), http://www.avhumboldt.de.

Para leer más:

HUMBOLDT, A. (trad. de B. Giner de los Ríos y J. de Fuentes). (1874-1875) [1848-1858]. Cosmos. Madrid: Gaspar y Roig.

HUMBOLDT, A. (trad. de B. Giner de los Ríos). (1876) [1808], Cuadros de la naturaleza. Madrid: Gaspar.

MEINHARDT, M. (2019). Alexander von Humboldt: el anhelo por lo desconocido. Madrid: Turner.

SILVEIRA, R. W. D. (2015). O Gênio Ródio de Alexander Von Humboldt. Sociedade & Natureza 27(1), 7-20.

 

Tomás Aguilera Durán

 

 

 

 

 


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