Éter, gérmenes y bisturí (El siglo de los cirujanos, Jürgen Thorwald, 1956) | Historia de la cirugía

Una mirada sobre la historia de la cirugía

En 1543 fue publicado De humani corporis fabrica, de Andrea Vesalio, obra que supuso un gran paso adelante en el estudio de la anatomía humana. El realismo y precisión de sus imágenes pronto dejó impresionados a sus contemporáneos. Influenciado por los trabajos de otros maestros de la época, como Leonardo da Vinci, Vesalio trató de plasmar el interior del cuerpo humano con tal fidelidad que más tarde su obra sería tildada de fotográfica. El cambio fue mucho más allá, pues Vesalio, además, se había acercado directamente al sujeto de estudio —es decir, al cuerpo humano— realizando él mismo los cortes y disecciones sobre los cadáveres. Esto le había permitido corregir a Galeno, cuyas enseñanzas seguían siendo la principal guía de estudio del cuerpo humano en la mayoría de las universidades de Europa, lo que sentó una autoridad nueva en el campo de la anatomía. En este sentido, su obra es comparable a De revolutionibus orbium coelestium de Nicolás Copérnico, que curiosamente vio la luz ese mismo año de 1543.

Vesalio se valió del método de descubrimiento y observación para realizar su trabajo, el cual sería continuado por la mayoría de los anatomistas a partir de entonces. Sin embargo, sus aportaciones prácticas, más allá de un conocimiento más detallado del interior humano, fueron muy limitadas, ya fuera por cuestiones morales o, sobre todo, por las deficiencias técnicas de la época, que aún impidieron durante siglos superar las viejas teorías humorales de los autores clásicos o ejecutar una cirugía compleja con éxito. Por supuesto, hubo cirugía mucho antes, prácticamente desde los albores de la humanidad —caso de la trepanación—. Durante la Edad Media y la primera Edad Moderna, por ejemplo, los cirujanos del norte de Italia y Francia fueron obteniendo una gran fama gracias a sus reconstrucciones faciales y la extracción de piedras del riñón. Más tarde, los viajeros venidos de Oriente trajeron noticias de la cirugía milenaria de la India, que tanto inspiró a los ilustrados y los románticos. Pero aún se trataba de un campo con grandes lagunas a principios del siglo XIX, errático en muchos sentidos. Las tasas de mortandad seguían siendo enormes y se consideraban como virtudes propias del buen cirujano la velocidad y la capacidad de mantenerse impertérrito ante los gritos de dolor de los pacientes. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando esto empezó a cambiar.

Fragmentos de De humani corporis fabrica, de A. Vesalio (1543), obra destinada a revolucionar el conocimiento del cuerpo humano.

La obra de Thorwald trata precisamente de este cambio, de la paulatina transformación de la cirugía desde 1846 —fecha del descubrimiento de la anestesia— hasta principios del siglo XX, cuando esta tomó una forma auténticamente moderna y científica. Una historia de hitos —la asepsia, la listerización, la apendicectomía, las operaciones a corazón abierto…—, que supusieron una modificación radical de los métodos quirúrgicos, pero también de los hospitales, superándose por vez primera las viejas fronteras del dolor y la infección. Un relato narrado en primera persona, que utiliza como base las supuestas memorias y anotaciones de Henry Steven Hartmann (1826-1922), abuelo del autor, que mezcla en todo momento la novela con la divulgación. Una sucesión de episodios memorables, pero también de fracasos, provocados en parte por las carencias técnicas de la época o por la pervivencia de las malas prácticas —como le ocurrió a Semmelweis— o, simplemente, la mala fortuna —caso de Wells—. En definitiva, una obra recomendable para aquellos que quieran iniciarse en la materia, que sin duda alguna ha servido de inspiración para otros relatos de ficción —como The Knick— y que no termina con este Siglo, sino que continúa en otra obra, El triunfo de la cirugía (1958), con nuevos hitos y retos, como la transfusión.

Título original: Das Jahrhundert der Chirurgen, 1956; edición utilizada: El siglo de los cirujanos, Ediciones Destino, 1999.

Miguel Conde