En el año 1996 vio la luz un disco tan redondo que era capaz de rodar de punta a punta del mundo durante el indefinido tiempo de la eternidad marchita. Aquel álbum llevaba por título Yo,Mi, Me,Contigo, y fue obra de un tal Joaquín Sabina.
Seguramente que bajo el título de “Aquel disco de Joaquín Sabina” podría escribir de muchos de sus álbumes, pero hay que decantarse por uno y este es Yo, Mi, Me, Contigo. El sabor que dejan en mis labios sus 13 canciones es el motivo que me invita a escribir en esta medianoche otoñal de un octubre acalorado.
Últimamente me ha acompañado la voz del “Flaco de Úbeda” en exceso y uno de los culpables es este disco. Joaquín derrocha poesía por todos lados en una serie de composiciones que abrazan estilos musicales diversos con colaboradores de todo tipo y condición.
Estas líneas no son tanto una crítica musical, sino un cajón de sensaciones, vivencias y pensamientos de aquel disco de Joaquín Sabina de cuyo nombre, a veces, no quiero acordarme.
Aquel disco de Joaquín Sabina. Espejos rotos al amanecer
Seguramente que a mis 10 años de edad en en junio de 1996 ya conocía de oídas que en el mundo de la música española albergaba a una figura llamada Joaquín Sabina, pero mi acercamiento a sus composiciones y a la de otros cantautores de solera parecida como Javier Krahe llegó en mis años de facultad. Entre cafeterías de conocimiento, noches de esparcimiento y otoños de mirar por la ventana con un humeante café.
Yo, Mi, Me,Contigo es una postal de una vida a mitad de camino. El disco responde a una época en la que la vida no nos atropellaba con su velocidad acelerada, aunque nos encontrábamos a las puertas, y podíamos sentar nuestros pensamientos en una silla de mimbre.
Pasajes de vida con sabor agridulce y heridas en el alma
Joaquín dibuja con sus letras los reflejos de una vida de idas y venidas en las que los consejos de cómo vivir no estaban de moda porque ni tan siquiera existían las redes sociales. Entronado canalla, Sabina nos invita a bailar con el telón lluvioso del Rock and roll de los idiotas para después rozar en Contigo un amor que nos replicaba que no quería “vecinas con puchero” ni la cotidianidad de lo escrito.
Sus melodías siguen danzando en un pentagrama resquebrajado en Jugar por jugar en el que aprendimos a disparar a los poetas con balas de juguete. ¿Y la mentira? Los espejos no faltan: “Es mentira que un bulo repetido sea una gran verdad”.
Las canciones siguen pasando pistas y nos encontramos con un refugio, el de la amistad con Mi primo el Nano. Del abrazo a Serrat saltamos Aves de paso, un recuerdo a las huellas en la orilla de la memoria de aquellos amores o no tanto que pasaron por su vida. Después del recuerdo, la sonrisa socarrona se dibuja en el Capitán de su calle dando paso a Postal de la Habana, un baño de realidad de aquella Cuba de las mil y una caras.
Para el poeta de Úbeda las canciones de amor que mejor florecen son aquellas que se escriben desde el dolor y en Y sin embargo es un claro ejemplo de ello. Del sabor amargo de las cicatrices de una vida viajamos a Viridiana y el florido tequila de la noche mejicana. La noche no cesa y ya despunta el amanecer con Seis de la mañana, un baño de realidad a ritmo de rock con pasajes célebres: “ Y los políticos estrenan la sonrisa de almidón”.
En el tramo final del disco el rap se hace hueco con No sopor… No sopor y un Manu Chao danzante que nos invita a ir por los lugares más sórdidos de la noche con un toque de humor catastrófico. Finalmente, la mesa camilla, el espejo y una copa de whisky para fijar las mirada en las ojeras palpitantes de Tan Joven y tan viejo, ¿qué decir de esta obra maestra? “Así crecí volando y volé tan deprisa que hasta mi propia sombra de vista me perdió”.
Sabina nos sirve la vida cruda, sin anestesia edulcorada. Letras y melodías compañeras del viaje de muchas vidas que aunque no refleje lo acontecido en las nuestras nos rememoran momentos vividos, conversaciones y sabores.
Javier F. Negro


