El algoritmo no cede su ritmo y aupa nuestro scroll infinito con píldoras saciantes que nos indican cómo tenemos que vivir
El imán de la pantalla azul seduce nuestros días y nos atrapa en un bucle del que parece cosa difícil despertar. En este tránsito en redes sociales de todo pelaje aparecen personas “expertas” en tal o cual materia que nos vende modos de vida de dudosa calidad. También escribiré, sin miedo a equivocarme, que es evidente que hay profesionales que sí proyectan su conocimiento y saber en estas redes como una herramienta más (consciente soy del peso actual de las RRSS en nuestras sociedades).
La cascada no cesa y los temas son dispares y variopintos: comida, belleza, ocio, salud, pensamiento, política y otros tantos. Los mensajes son contradictorios y seguramente, si te lo tomas todo en serio, estalles en mil pedazos. El problema es que seguir a pies juntillas los dictámenes y consejos en esta era digital es más habitual de lo que creemos.
Y de ahí viene la frustración y seguidamente el colapso dentro de esta sociedad de egos y pantallas. Es fácil sucumbir, nuestros modos de vida no nos permiten ni tan siquiera adquirir conocimientos de cómo queremos vivir y pensamos que tras la pantalla está la solución. Seguramente, algunos espacios nos ayuden, como indiqué antes, pero necesitamos contrastar información y ejercer una mirada crítica de primeras ante todo lo que se posa ante nuestros ojos. Diferenciar el grano de la paja cada vez es más complejo en estos tiempos retorcidos de vende humos charangueros.
Tomemos nosotros la iniciativa y no seamos víctimas y responsables a su vez de ese scroll infinito. Aunque parezca complejo, podemos conseguirlo. No le dejemos al algoritmo marcar el ritmo. Que no nos diga cómo tenemos que vivir.
Javier F. Negro


