Lecturas para una revolución

Cuando Serguéi Eisenstein rodó el documental Octubre, decidió iniciarlo con una escena en la que mostraba como una turba revolucionaria derribaba una estatua colosal del zar Alejandro III. Se trataba de una más de las muchas licencias que se tomó el director para su film, pues a pesar de que la estatua sí que existió en la realidad, su derribo no se produjo hasta unos años más tarde y de una forma mucho más discreta. Poco importaba, ya que representaba muy bien la caída de un régimen, el zarista, que como la propia efigie, se había convertido en una entidad monolítica y desproporcionada. Durante años, Octubre marcó el imaginario que se tenía de la revolución de 1917, insuflando esperanzas entre los comunistas de occidente. Pero a día de hoy, se trata de una película apenas visualizada. En cambio, se nos han hecho mucho más comunes las imágenes emitidas en televisión de gentes de todas las partes de la Europa del este derribando los viejos símbolos del régimen soviético. Para muchos de ellos la URSS, que surgió de una revolución que había proclamado el establecimiento de un mundo más justo, se terminó convirtiendo en una cárcel para sus voluntades individuales y sus aspiraciones nacionales. Y así, casi como una paradoja histórica, las estatuas de Lenin, retiradas de su pedestales y malvendidas en los mercadillos rusos, se terminaron por convertir en una fábula más de la caida de un régimen fallido, pero también del fracaso, al menos en apariencia, de un ideario político, el que inspiró la revolución de 1917.

Lo cierto es que no parece un buen momento para la revolución. Tras la caída del Muro de Berlín, el politólogo Francis Fukuyama proclamó el “Fin de la Historia” y el triunfo absoluto del sistema liberal. Con ello, no solo realizó una de las aseveraciones más influyentes y controvertidas de las últimas décadas, sino que también trató de dar la el golpe de gracia al viejo ideario de Marx y Lenin. No fue el único. Otros, por esas mismas fechas, hablaron del ocaso de una experiencia fallida, la de la Unión Soviética, así como del fin de lo que prácticamente consideraban como una aberración histórica. Este tipo de planteamientos, de marcado carácter neoliberal, entroncaban muy bien con otras tendencias entonces en boga, en este caso de corte más bien conservador, las cuales habían ido surgiendo con fuerza a lo largo de los primeros años ochenta (si bien sentaban sus raíces varias décadas atrás). Estas no solo atacaban las ideas sobre las que se había sustentado la revolución bolchevique, sino el propio concepto de “Revolución” en su sentido más amplio. Según su punto de vista, las sociedades que habían experimentado una revolución (incluyendo la francesa de 1789) no solo no eran más libres que las que no la habían vivido, sino que en no pocos casos habían terminado desarrollando unos regímenes de tintes totalitarios. Se trataba de un punto de vista que desdeñaba los logros alcanzados por los revolucionarios, poniendo en duda si el precio pagado en sangre hubiera merecido realmente la pena. Su discurso apuntaba al fin de las utopías, la idea, bastante extendida hoy en día (en la literatura, el cine, los videojuegos…), según la cual cualquier intento de crear una sociedad más justa e ideal, termina irremediablemente en terror y tragedia, derivando en un régimen totalitario represor.

En la configuración de esta interpretación crítica y muy conservadora, el ejemplo de la Revolución Rusa fue crucial ya que, siendo una de las más ambiciosas, terminó convirtiéndose en la antesala del estalinismo de los años Treinta. Lo cierto es que la revolución de 1917, como toda la historia de la Unión Soviética, parece marcada por el ascenso de Stalin y su gobierno, el cual ha sido presentado en no pocas ocasiones como una conclusión inevitable (casi como etapa última) de la propia revolución. Cierto es que hay notables excepciones, pero también lo es que no son pocas las obras que han presentado la revolución como una mera transición entre tiranías, de la del zar (corrupta pero paternalista), a la de los comunistas (aberrante y totalitaria), preludio de lo que sería el estalinismo posterior. Atrás han quedado los viejos planteamientos de los intelectuales de izquierda, los cuales dominaron el panorama europeo de la posguerra, quienes primero tendieron a alabar las ideas de la revolución y sus frutos para, posteriormente (cuando empezaron a vislumbrar su fracaso) tratar de reformularlas.

Por ello, es probable que el centenario de la revolución no haya podido llegar en un mejor momento, pues este tipo de acontecimientos suele servir para revisar las ideas, hacer acopio de obras (tanto antiguas como modernas) y, a través de ellas, efectuar una reflexión más profunda y calmada de los acontecimientos. A pesar de todo, parece que no va a ser una tarea sencilla, con unos resultados difíciles de determinar. Nosotros, por nuestra parte, proponemos cinco lecturas, cinco perspectivas que puedan servir para ampliar nuestros horizontes.

El año I de la Revolución (Victor-Serge, Siglo XXI, 1930/1972)

Muchos fueron los protagonistas de la revolución que posteriormente decidieron narrarla con su propia pluma. Algunos de ellos, como John Reed (Diez días que conmocionaron al mundo) se hicieron célebres, inspirando films como el de Eisenstein o, varias décadas más tarde, Rojos (1981). Otras, como las obras de Trotsky, siguen siendo a día de hoy reeditadas cada poco tiempo. Un viejo conocido para los españoles fue Victor-Serge, revolucionario que estuvo exiliado en Barcelona y que, si bien no estuvo envuelto directamente en la revolución de octubre, sí que se adhirió inmediatamente después a ella. “El Año I de la Revolución”, su obra, es un relato de los doce primeros meses de gobierno bolchevique, pudiendo considerarse como una especie de épica de la revolución, pues si bien el autor trata de introducir toda una serie de elementos y aparatos científicos, no son pocas las veces en las que se deja llevar por los acontecimientos. Para los españoles fue una obra bien conocida, pues apenas fue traducida un año después se su primera edición en francés (en 1930). Eso sí, se trata de una obra que puede resultar incómoda para algunos lecturas de hoy en día, pues ensalza algunas figuras terroristas y justifica varios de los actos más viles de los bolcheviques (los cuales, por cierto, no perdona cuando son realizados por los blancos). Para algo más descafeinado, se puede leer a Robert Service. Hay que señalar además que Serge era trotskista (motivo por el cual tuvo de exiliarse en México), por lo que su relato es sesgado, y por ejemplo, apenas se hace mención a Stalin.

Mundo soñado y catástrofe. La desaparición de la utopía de masas en el Este y el Oeste (Susan Buck-Morss, La balsa de la Medusa, 1993/2004)

Uno de los mitos de la revolución fue asegurar que fue realizada únicamente por un grupo muy reducido de personas, los bolcheviques, quienes bajo un liderazgo decidido y una buena organización, se aprovecharon de la debilidad del régimen de Kérenski. Lo cierto es que tras la revolución de octubre hubo toda una serie de fuerzas que en un primer momento apoyaron el cambio (por supuesto, lo primero de todo, para acabar con la guerra), e incluso abogaron por una revolución a varias esferas. Esta obra habla de algunos de ellos, como los artistas vanguardistas, que se adhirieron en un primer momento a la revolución como una formula más para romper con el discurso histórico tradicional y que, cómo en sus propios cuadros, trataron de trasladar a la arena pública la ruptura de los marcos conceptuales pre-existentes. Pero también habla de cómo, a largo plazo, estos mismos vanguardistas (futuristas), al igual que otros grupos, quedaron finalmente excluidos y desengañados, incapaces de adaptarse al nuevo régimen, siendo en este caso desplazados por el arte representativo realista, más útil para los fines de Lenin y los suyos. Este es solo un ejemplo. La obra de Susan Buck-Morss no habla únicamente de la revolución. Sus reflexiones son más profundas y recorren un espectro más amplio, enlazando acontecimientos en un intento de resolver una serie de cuestiones clave, no solo para la historia de la revolución y para el posterior desarrollo de la Unión Soviética, sino para el fracaso de las utopías en occidente.

Las Furias. Violencia y Terror en las revoluciones francesa y rusa (Arno J. Mayer, Universidad de Zaragoza, 2000/2014)

Una de las primeras medidas que tomó Lenin tras tomar el poder fue sustituir lo que quedaba de la simbología zarista en las calles por elementos propios de la revolución. Para ello, mandó levantar a toda prisa una serie de estatuas de escayola que representaban a los diferentes líderes de las revoluciones de toda Europa. Entre ellos, había varias figuras de los revolucionarios franceses, como Danton o Roberspierre. Esta decisión no solo traslucía el carácter internacional que tenía la primera etapa de la revolución, sino también la percepción (constatada en textos como los de Serge), de que los propios bolcheviques sentían que tenían un modelo a seguir. Se trataba de la revolución a través del espejo, la idea de que, en gran medida, ya existía un camino marcado, el de 1789, que podía como mínimo servir de inspiración. Arno J. Mayer recoge esta tradición, analizando el paralelismo entre ambas revoluciones, el terror posterior y los diferentes resultados, constatando al mismo tiempo la influencia que tuvo una revolución sobre la otra. Más aún, reflexiona sobre el propio concepto de revolución, su desarrollo histórico y la visión que de él se tiene hoy en día.

El Ocaso De La Aristocracia Rusa (Douglas Smith, Tusquets, 2012/2015)

La revolución de octubre tuvo muchos perdedores: el campesinado, la burocracia zarista, la incipiente burguesía… Sin embargo, la gran perdedora fue la aristocracia, que fue borrada del mapa o exiliada de Rusia. La obra de Douglas Smith se centra en este grupo privilegiado con unos resultados sorprendentes, pues supera las visiones tradicionales (que trataban a este grupo como gente aferrada a un sistema político caduco que defendía la represión) para narrarnos una realidad mucho más compleja. Smith nos traslada a la vida de toda una serie de familias que, de una forma u otra y en diferentes grados, eran igualmente críticas con el gobierno de Nicolás II y que, en algún caso, llegaron a apoyar los cambios propugnados por la revolución de febrero. Más aún, narra episodios que, desde nuestro punto de vista y sabiendo el resultado final, podrían resultarnos temerarios, como la participación de alguno de sus miembros en las manifestaciones pre-revolucionarias o la percepción de algunas de estas familias de que podrían mantenerse al margen del furor de las masas una vez estallada la revolución de octubre. Una lectura muy recomendable de la que uno no puede sino rememorar muchas de las estampas descritas por Pasternak en su novela Doctor Zhivago.

Kronstadt, 1921 (Paul Avrich, Prometeo, 1970/2005)

¿Cuándo terminó la revolución? Lo cierto es que esta pregunta tan sencilla parece difícil de contestar. Puede que fuera pocos días después del golpe, o cuando los bolcheviques, tras constatar su fracaso en la cámara, decidieron instaurar la dictadura del proletariado. O puede que fuera tras el frustrado intento de expandir la revolución al resto de Europa, con la ejecución de los espartaquistas y Rosa de Luxemburgo (o con la derrota del ejército rojo a las puertas de Varsovia). Quizás haya que extenderla a la Guerra Civil, la instauración de la Nueva Política Económica o, ya por alargar, la muerte del propio Lenin y el ascenso de Stalin. Una buena fecha podría ser 1921, con el levantamiento de la ciudad de Kronstadt, sede de la flota y uno de los baluartes iniciales de la Revolución. La obra de Avrich nos habla de los problemas que siguieron a la Revolución, el conflicto con el campesinado y la pérdida paulatina de apoyos por parte de los otros grupos de la sociedad. Pero también del hambre en el invierno de 1920, la intervención extranjera y la debilidad en la que aún se encontraba la incipiente Unión Soviética por aquellas fechas, siendo la rebelión de Kronstadt una última prueba de su fortaleza.

Miguel Conde Pazos

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