La gran ilusión: El gran Gatsby y fin de la sociedad capitalista

¿Qué tienen que ver El gran Gatsby y la covid-19? Tendrás que leer el artículo para averiguarlo.

Final y comienzo

Han pasado ya varios meses desde que se decretó el estado de alarma en España. En este tiempo tan confuso algunos han optado por probar a hacer actividades nuevas como cocinar, otros han hecho deporte en casa, películas y series consumidas de forma descomedida… y la lectura. El tiempo de ocio parecía más un tiempo en el que ocupar el ruido que antes había por todas partes.

En las redes he observado que muchos se han propuesto recuperar a los clásicos. Algunos hasta se han atrevido con el Ulises (¡osados!). Si estáis leyendo esto y habéis estado enfermos o afectados de alguna manera, es posible que no os sintáis identificados con nada. Recuperarse, descansar, también es necesario.

En mi caso, cuando las fuerzas me lo han permitido, he recuperado algunas de mis películas y lecturas preferidas, desde Rogue One a Descalzos por el parque, algún ensayo feminista, sin olvidar alguna obra magnífica como La familia real, de William T. Vollmann, y cómo no, El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald.

En uno de mis días malos, en mi mente apareció un hombre apuesto, rubio, con un traje fino rosa, elegante, que no dejaba de decir «camarada» (old sport, compañero, viejo amigo). Y se me ocurrió la excéntrica idea de que lo que pasaba en la novela no era tan distinto de lo que estábamos viviendo nosotros ahora.



El gran Gatsby

Si leísteis uno de mis últimos artículos, hablaba sobre la Nature Writing, y qué queréis que os diga, ha vuelto a mi memoria tantas veces que hasta el mismísimo Gatsby me lo repetía sonriente, de pie, fijando la mirada en la bahía hacia la luz verde.

Pues bien, en la novela de F. Scott Fitzgerald (1925) se hace un retrato de aquellos años veinte de entreguerras. Los hombres que habían vuelto de la Gran Guerra eran recibidos como héroes, pero con sus almas rotas. En ese Nueva York de la alta burguesía que ostentaba riquezas y poder, mientras el Viejo Continente estaba devastado.

En esa ciudad ficticia de West Egg, en Long Island, la prosperidad económica y la idea de esperanza tan bien vendida parece que cobran más vida que nunca. Nick Carraway llega allí con la idea de hacerse un hueco en el mundo de los bonos, y a pesar de vivir de forma humilde, se ve inmerso en un ambiente social y económico al que no parece corresponder, pero al que accede de forma sutil, como un espectador que tiene que ir moviéndose para que no le enfoque demasiado la luz de los focos del escenario.

La historia es por todos conocida (si no, no la voy a destripar). Leed la novela, ved las distintas versiones… Enamoraos y odiad a los protagonistas, porque motivos tendréis para todo.



Vieja normalidad

En mi idea descabellada, pensé que nuestra vieja normalidad no era muy distinta a esa vida superficial y ociosa de West Egg, con sus suburbios incluidos.

En nuestra sociedad capitalista y de primer mundo casi nos sentíamos invencibles hace unos meses. Las discusiones en el Parlamento se alejaban tanto de las necesidades reales de la mayor parte de la población que al final parecía que no eran tan importantes. La deforestación del Amazonas, el agujero en el Ártico, la muerte del Mar Menor entre litros de basura… Sí, nos importa, pero seguimos viviendo, consumiendo, alimentando la vida individualizada (ser mejores, más proactivos, más eficaces, sin fracasos), donde el cuidado (y la vida en comunidad) solo tiene un pequeño hueco los domingos por la mañana a la hora del vermut. Como las fiestas excesivas en la mansión Gatsby, en la que una de las invitadas afirma «me da igual hacer cualquier cosa, por tanto, siempre lo paso bien». El ocio, cuán importante es.

Y, de repente, un solo personaje, alguien al que apenas podría haberle prestado atención alguien, cambia el rumbo de todo. Como un virus, microscópico, imperceptible, nos ha cambiado la vida a todos.

 

El virus y el gran Gatsby

En la novela el mismo Nick le dice a Gatsby: «Son personas podridas […]. Tú eres más valioso que todo ese maldito grupo junto». Sin embargo, quien hace que todo se desmorone, porque la pirámide era ya insostenible, es él. Al final, es el propio Nick el que provoca el desastre quizás en busca de cierto equilibro en su regreso a casa.

Ya desde el comienzo nos desvela: «cuando sientas ganas de criticar a una persona, recuerda que no todos han tenido las mismas oportunidades que tú». Quizás esta novela se la deberían haber leído (de forma crítica) Derek Chauvin o Donald Trump, pues encarnarían perfectamente con el personaje de Tom Buchanan. Tan fuertes, tan ricos, tan mediocres. (Léase aquí el diálogo de Tom Buchanan al afirmar que la civilización se está derrumbando, pues la raza blanca dominante estaba perdiendo poder… Ahí lo dejo).

Curiosamente, tras la publicación del libro y su pobre acogida, sobrevino la Segunda Guerra Mundial y la Gran Depresión. Y aquí estamos nosotros, casi un siglo después, con un sistema social patas arriba (perdón por la expresión) y un futuro incierto y desasosegador.

Los bienes materiales que poseíamos de poco nos han servido si no tenemos con quién compartirlos, si nuestros familiares o amigos pueden enfermar o algo peor. Al final, lo importante se encuentra en esa pequeña luz al otro lado de la bahía. Esa luz verde.




Y quizás la nueva normalidad pueda ser así

En medio de esta hilarante trasposición de ideas, recuerdo aquellos libros de la Nature Writting (Bajo el cielo oceánico, Vidas a la intemperie, Walden…), en los que se apuesta por una vida menos consumista y alejada de los centros urbanos grises y contaminados. Y pienso en que si el pequeño monte al lado de casa fuera más grande todo sería mejor. En que si desde mi pequeña casa pudiera ver la montaña u oler esta primavera tan maravillosa que se apodera de todo porque no la estamos destruyendo todo sería más fácil. ¿Es realmente el fracaso de la sociedad capitalista? Tal vez, y solo es mi tal vez, sea el momento de cuidarnos a nosotros y al planeta, como hermanos y hermanas, para poder sobrevivir o llevar una posible nueva pandemia sin tanto dolor.

La luz verde que observaba de forma obsesiva cada noche el pobre gran Gatsby era solo una ilusión, pero tal vez nosotros estemos a tiempo de buscarla y que el gris se convierta en una gran marea blanca, verde, en comunidad, observados bajo la atenta mirada de T. J. Eckleburg.

 

 Mary Nafría

 

Mary Nafría
Author: Mary Nafría

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