Utopías equivocadas

Las ideas heredadas son cosa curiosa y muy interesante de observar, Mark Twain (A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court, 1889, cap. 8).

La novela y el mito

¡Alto! Mi persona es sagrada, Dan Beard, 1889. Fuente: https://archive.org/details/AConnecticutYankeeIllustratedEpub.

En 1889 Mark Twain publicó una de las novelas más influyentes e iconoclastas de su tiempo: A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court (Un yanqui en la corte del Rey Arturo). Narra en primera persona la aventura de Hank Morgan, un industrial americano que, tras golpearse la cabeza, viaja en el tiempo y aparece en la Inglaterra del siglo VI, en los dominios de Camelot. El libro creaba así una ucronía, al imaginar una realidad histórica alternativa, alterada por aquel intruso. La premisa parece poco original, pero eso es porque la obra ha inspirado decenas de versiones en la literatura y el cine, en algunos casos muy lamentables; pero eso ya no es culpa de Twain.

En realidad, el autor estaba jugando con algo muy serio: la identidad ancestral del pasado inglés de EEUU. A lo largo del siglo XIX, el ciclo artúrico, a medio camino entre la leyenda y la historia, se convirtió en un verdadero mito fundacional, a partir de las obras de Thomas Malory y Alfred Tennyson. No solo era una fuente inagotable de fantasías literarias, sino que se convirtió en modelo ideal, en una utopía ideológica y moral: Camelot simbolizaba la monarquía perfecta, ordenada, justa y próspera, dirigida por un líder excepcional, Arturo, y su élite perfecta, Merlín y los caballeros de la Mesa Redonda. La idea se alimentó especialmente en la Inglaterra imperial de la reina Victoria, pero también estaba muy presente en el EEUU de Twain; por ejemplo, en el tiempo que se publicaba la novela, era fundada la Order of the Knights of King Arthur (1893), una asociación juvenil concebida para educar en la disciplina y misticismo inspirados por la leyenda.

Desmontar la vieja utopía

El Camelot que descubre Morgan es muy distinto. En su viaje por aquel mundo medieval se encuentra con una gente inocente y supersticiosa, nobles tontos de humor zafio, desafíos caballerescos absurdos y magos aburridísimos. Se trataba de hacer una parodia aquella leyenda tan grandilocuente y pomposa, ridiculizando a sus héroes. Inauguraba así una nueva forma irreverente y sarcástica de acercarse al mito artúrico que luego retomarían Thomas Berger en la novela y Monty Python en el cine.

Ahora bien, lo que más interesaba a Twain era esa otra faceta que siempre había estado ausente del mito: los súbditos de Arturo.

Los tristes habitantes de aquel pueblo no tenían más que esta misión en la vida: arrastrarse delante del Rey y de los nobles, sudar sangre para ellos, morirse de hambre para que ellos se hartaran; trabajar para que ellos pudieran divertirse; vivir en plena miseria para que ellos pudieran ser felices (cap. 8).

Las ideas heredadas son una cosa curiosa, Dan Beard, 1889. Fuente: https://archive.org/details/AConnecticutYankeeIllustratedEpub.

Este panorama ya no es tan divertido. Efectivamente, el tono de la novela se vuelve reflexivo y oscuro en los muchos episodios en los que Morgan conoce a esclavos y campesinos. De esta forma, el escritor no solo se reía de los protagonistas del mito, también cuestionaba sus intocables valores éticos. Para él, la Edad Media no era ninguna utopía con la que identificarse, sino una época injusta en la que la gran mayoría estaba sometida por instituciones despóticas. Su Camelot no tiene nada de ideal, es un mundo brutal e irracional.

Por eso Morgan se propone transformar el reino aplicando los principios del mundo moderno. Por una mezcla de ingenio y suerte, se convierte en un personaje todopoderoso, de manera que inicia una serie de reformas encaminadas a instaurar la democracia, la innovación tecnológica y el liberalismo económico. El siglo XIX irrumpe así en el mundo artúrico creando situaciones tan surrealistas como caballeros andantes convertidos en hombres-anuncio o pajes metidos a teleoperadores.

Desmontar la nueva quimera

La intención de Morgan es buena: acelerar el progreso para crear una sociedad más agradable, libre y justa. No obstante, el gran giro del libro está en la revelación de que esa otra utopía, su quimera moderna, podía resultar tan dañina o más que la medieval. A medida que su proyecto crece, los viejos vicios acaban quedándose pequeños en comparación con los nuevos: la ignorancia de las masas es aprovechada para manipularla cínicamente, la tiranía feudal es sustituida por una dictadura tecnocrática y los violentos valores caballerescos quedan aplastados por bestiales matanzas gracias al armamento moderno.

Twain pretendía incomodar, y Dan Beard, el ilustrador que eligió para la primera edición, contribuyó decisivamente. No se limitó a dibujar los pasajes del libro, sino que potenció al máximo su contenido subversivo e irónico, satirizando sobre las desigualdades de ambas épocas: en lo que a injusticias se refiere, el rey medieval no era muy distinto del esclavista o el capitalista contemporáneos.

¡Hermano! ¿A un villano como este?, Dan Beard, 1889. Fuente: https://archive.org/details/AConnecticutYankeeIllustratedEpub.

La novela no es un reflejo histórico preciso, ni del Medievo, ni del siglo XIX, es una parodia de ambos y, ante todo, una crítica demoledora contra toda idealización preconcebida, ya sea el reaccionario idealismo caballeresco o el vano triunfalismo capitalista. El Twain revolucionario y antiimperialista de sus últimas décadas estaba reflexionando sobre los problemas del progreso y la reforma social ubicándolos en un mundo fantástico conocido por todos. Resulta que los mitos, antiguos y modernos, no son intocables, que sí pueden ser desmontados y ridiculizados, que se puede ir más allá.

Para leer más:

ARCHIBALD, E. y PUTTER, A. (eds.) (2009): The Cambridge Companion to the Arthurian Legend, Cambridge University Press, Cambridge-New York.

GEISMAR, M. (1973): Mark Twain and the Three R’s: Race, Religion, Revolution -and Related Matters, Bobbs-Merrill, Indianapolis.

Tomás Aguilera Durán