La sonrisa apagada de la Gioconda en el Louvre

Verano de 2018, julio para más señas, agobio y confusión en una de las salas del Louvre, la Gioconda no está sola, ni siquiera tiene tiempo para tomarse un café a lo largo de la jornada, las cámaras no la dejan ni suspirar.

Congregación en torno a la Gioconda en el Museo del Louvre | Javier F. Negro

Clic, clic y selfie por aquí o por allá, porque aparecer junto a la obra de Leonardo es relevante, contemplar la obra de arte en sí, no. Y con este panorama no pude acercarme a la Gioconda, la vi de lejos, pero pude atisbar en su mirada un halo de tristeza.

Salí de la sala y caminé por la gran galería, todo me parecía un circo. Sensación extraña en la que debería alegrarme por la masiva afluencia a un museo, sin embargo, fruncía el ceño, algo malhumorado. Alcé la mirada en la nueva sala en la que me encontraba y los visitantes no dejaban de hacerse selfies.

Supongo que no queda otra que resignarse, que si hay que hacer a la Gioconda influencer se la hace y si hay que hacer colas para tocar cualquier pieza arqueológica, pues se hacen. Porque esa es otra, la permisividad del personal del Louvre ante los visitantes irrespetuosos.

Vista imaginaria de la gran galería del Museo del Louvre, por Hubert Robert en 1796 |Wikipedia

Tras salir del museo, recordé los lienzos imaginarios sobre el Louvre de Hubert Robert, cuando estábamos menos sumidos en la idiotez. Ahora, en la dictadura del like, es imposible.

Javier F. Negro