Trazando las fronteras orientales de Europa

La idea de Europa tiene un amplio espectro, que supera con mucho el mero concepto geográfico. Europa también es un cosmos político, una constelación cultural y, en esencia, una civilización. Su extensión, sin embargo, fue siempre difícil de determinar, al fluctuar sus fronteras dependiendo de cada momento histórico. Aún resuena en el oído de muchos la frase “Europa empieza en los Pirineos”, fruto del deseo de algunos de maximizar el particularismo Ibérico hasta alejar a sus pueblos del continente. Lo mismo puede decirse de otros espacios periféricos que, sin dejar de ser nunca considerados Europa, fueron excluidos en algún u otro momento, ya fuera con motivo de su riqueza, su sistema de gobierno o diferencias en materias de religión. Otros, como por ejemplo los ingleses, prefirieron autoexcluirse de su núcleo central, en un intento de obtener una posición privilegiada, entre el continente y el resto del mundo. Pero si hubo una frontera difícil determinar (y más cambiante), no hay duda de que esta fue la oriental, marcada desde el siglo XVI por la compleja relación establecida entre el resto del continente y el gigante ruso.

Redefiniendo el continente (Norman Davies, Europe, East And West, 2007)

Portada del libro

Durante la Edad Media, la mayor parte de la historia europea giró en torno al Mediterráneo y los grandes reinos de occidente, siendo pocos los que se aventuraron más allá del Sacro Imperio y, más aún, del Rhin y el Danubio. Es decir, la vieja frontera romana. Eso sí, quienes lo hicieron, en su mayoría comerciantes o misioneros, dieron buena cuenta de sus viajes, convirtiéndose en muchas ocasiones en los primeros retratistas de unos reinos aún en proceso de consolidación. Muchos de estos pueblos habían abrazado el cristianismo recientemente y los lituanos, de hecho, habían resistido hasta el siglo XIV (los prusianos, que no lo hicieron, fueron por el contrario masacrados). El interés por aquellas partes se multiplicó durante el Renacimiento, cuando se volvieron a conocer muchas de las viejas descripciones y comentarios hechos por los autores griegos y romanos (Cosmografía, de Ptolomeo). De esta forma, se volvió a hablar de la tierra y el mar de los sármatas, así como del reino primigenio de los godos. Es decir, Polonia, el Báltico y Suecia respectivamente. La frontera de Europa se situó entonces en los márgenes del Don, en Ucrania, allí donde los griegos la habían fijado mil años atrás.

Pero ¿en qué lugar quedaba Moscovia? Durante la Edad Media, esta había pertenecido a la esfera bizantina, la cual entonces parecía estar en descomposición, y su fe ortodoxa la colocaba en una posición difícil frente al resto de los reinos de Europa. Tampoco eran iguales las costumbres, en una tierra y época en la que la confesión condicionaba todos los hábitos, así como la pertenencia a una comunidad. De hecho, durante los dos siglos siguientes, Moscovia (luego Rusia) vivió un intenso debate interno, en el que se discutió su grado de integración y su relación con Europa. En la balanza estaba la modernización del país en un lado y el respeto a las viejas costumbres en el otro, lo que durante el siglo XVII se tradujo en revueltas e intervenciones extranjeras. En este debate, los zares, autoproclamados como tales, jugaron un papel decisivo, siendo Pedro el Grande a quien tradicionalmente se atribuye el rumbo definitivo que hizo su pueblo (o al menos su elite) hacia occidente. Como prueba de ello, el zar fundó San Petersburgo, la ciudad que miraba al oeste. Sin embargo, fue Catalina la Grande quien concluyó este proceso, adoptando toda una serie de medidas ilustradas que, muy convenientemente, dio a conocer al resto del continente, convirtiéndose en el arquetipo del despotismo ilustrado. De hecho, la zarina fue mucho más allá y no sin cierto artificio, contrató a una serie de geógrafos suecos para que resituaran las fronteras de Europa, esta vez en los Urales. Nacía así nuestra actual visión geográfica del continente, tan forzada para muchos como la propia europeización del país.

La Puerta de Hierro (Yuri Semiónov, Siberia, conquista y exploración del venero económico de oriente, 1958)

La elección de los Urales no fue en absoluto nueva y respondió a una demarcación previa: la que había fijado los límites de la antigua Moscovia hasta el siglo XVI, cercando sus fronteras nororientales y bloqueando su paso hacia Siberia. Era lo que entonces se conoció como la “Puerta de Hierro” , una barrera peligrosa cuyos pasos eran casi inexpugnables, no solo por las condiciones climatológicas y la geografía, sino también por las gentes que habitaban más allá:

Cuentan los de Novgorod que en el curso de sus campañas por el mundo entero, Alejandro Magno llegó también a la Gran Peña (el Ural) y, atravesándola, avanzó hasta Yugra, el mar helado. Vio allí a sus habitantes alimentados de las substancias más inmundas, como carroñas y cadáveres, y adorar a ídolos, sin tener la menor idea de sentimientos humanitarios. Entonces Alejandro rogó a Dios que librase al mundo de semejantes monstruos, y Dios, escuchando su súplica, hizo que la Gran Peña se cerrase en torno a las impuras tribus, sin dejar en el muro de roca más abertura que una puerta de cobre y aún cerrada a piedra y lodo. Hasta el día del Juicio Final no volverá a abrirse aquella puerta.

Lo cierto es que no hizo falta que llegara el Juicio final para que los rusos se aventuraran allende las montañas. Los mercaderes de Novdgorod fueron los primeros en atravesar sus pasos, en su busca de pieles con las que negociar con los mercaderes hanseáticos. A ellos les siguieron los príncipes, ávidos de botín, si bien sus campañas no siempre se saldaron con éxito:

En 1032, el voivoda Uleb cruzó la Puerta de Hierro, regresando con botín. El año 1079 repitió la tentativa el príncipe Jlieb Sviatoslavóvich, al frente de una nutrida tropa y con grandes esperanzas, pero ni él ni ninguno de sus hombres volvieron jamás […] en 1187 una cuarta, emprendida por la Nobleza de Novgorod, en la que figuraban cien boyardos, regresó sin botín y sin aquellos vástagos de las nobles casas.

Conquista de Siberia por Yermak. Obra de Vasili Súrikov (1895).

A los habitantes de aquellas tierras los llamaron los “yugros”, pero también los “impuros”, al ser gentes paganas de hábitos extraños. Estos no fueron dominados de manera definitiva hasta el siglo XVI, siendo entonces cuando la Puerta de Hierro cedió definitivamente ante el dominio moscovita de la pólvora y el ímpetu de los cosacos del Don. En la década de 1580 y bajo el liderazgo de Yermak, estos últimos se lanzaron a la conquista de Siberia, abriendo el camino a los moscovitas para su expansión. Pero los Urales se mantuvieron como la frontera entre Europa y Asia, separando a Rusia entre dos continentes.

La reacción de Europa (Adam Zamoyski, Varsovia 1920: el intento fallido de Lenin de conquistar Europa, 2008)

Los europeos no permanecieron impertérritos ante el surgimiento de Rusia, si bien su actitud fue evolucionando. Durante los siglos XVI y XVII, Moscovia fue vista con cierta fascinación, entremezclándose las historias que hablaban de la barbarie de sus gentes con relatos sobre la riqueza y potencial de sus provincias. Lo cierto es que, por entonces, sus grandes duques eran considerados todavía como unos aliados valiosos, sobre todo de cara a la lucha contra el Imperio Otomano. Por supuesto, existieron voces discordantes, como la de los polacos, cuyos reyes ya pedían en el siglo XVI que se limitara la venta de armas a los moscovitas, argumentando la amenaza común que estos suponían (caso de Segismundo II al duque de Alba). No fue hasta el siglo XVIII cuando el resto de potencias empezó a percibir la amenaza rusa, al sortear sus ejércitos Polonia para internarse en el corazón de el continente.

Una muestra de la numerosísima propaganda contra Rusia

Entonces, surgió entre sus enemigos un discurso sumamente crítico, centrado en identificar a los estos como un pueblo asiático de corte bárbaro y despótico, dentro de la dicotomía clásica de civilización-barbarie, alejado por completo del refinamiento y usos de occidente. Esta tratadística tuvo un gran desarrollo bajo el reinado de Federico el Grande y, de hecho, fue usada de manera recurrente por los alemanes hasta 1945 (Christopher Clark, El reino de hierro). También la Francia revolucionaria terminó viendo a los rusos como la quinta esencia de la barbarie oriental (el propio dibujo de la firma de esta sección es una alegoría de la defensa de occidente frente a esta visión de Rusia, haciéndola frente no solo con fusiles y barricadas, sino también con libros) así como del autoritarismo, sobre todo cuando los zares se erigieron como los carceleros del liberalismo europeo.

Man-Pupu-Nyor. La colina de los gigantes de piedra, otro de los espacios míticos de los Urales. Fuente: Wikipedia.

El estallido de la Revolución Rusa, en 1917, dio un argumento más a esta rusofobia, y a la idea del carácter asiático y despótico de su régimen, se sumó el temor hacia el comunismo y la colectivización, causando rechazo incluso entre los socialdemócratas alemanes. Este ideario alimentó a su vez los mensajes nacionalistas de los países vecinos, como Polonia, que reconfiguró su viejo ideal de antemural de la cristiandad para erigirse (tanto en la publicística de entonces como en obras como la de Zamoyski) en el nuevo baluarte de Europa frente al comunismo y la amenaza rusa. Después vino la Segunda Guerra Mundial y tras ella, la división del continente en dos bloques, surgiendo un nuevo concepto que parece pervivir en la conciencia de muchos: el de una Europa del Este expandida hasta Alemania. De hecho, no es descabellado pensar que pronto hablemos de una nueva redefinición de ideas y fronteras, dada la efervescencia de la zona y los pocos visos de reconciliación que hay en Ucrania.

Miguel Conde 

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