El corazón delator palpita en Málaga con Enrique Simonet

La mirada fija, el corazón en la mano. Un forense anciano lo observa con la curiosidad de un principiante, la mirada tenaz de la primera vez. Un cuerpo de mujer joven, sin vida y sin corazón, yace postrado en su último lecho. Sus cabellos son rojos, un color que sólo puede augurar malos presagios si eres mujer y vives en el siglo XIX. El entorno es aséptico, científico, exacto; idóneo para certificar una muerte. Si lo que hemos contado no fuese un cuadro llamado Una autopsia (Enrique Simonet, 1890) y este no atrapase la mirada del espectador, sería el momento ideal para salir huyendo de allí.

Enrique Simonet, la escuela malagueña y las tendencias de la pintura europea

Una de las reflexiones más extendidas en los estudios de la pintura del siglo XIX en España es el pasmoso salto que se da incluso en ámbitos universitarios desde Goya hasta Sorolla. Si bien es cierto que últimamente la figura de Fortuny goza de una segunda prosperidad, también lo es que nos seguimos dejando mucha gente en las cunetas de la Historia del Arte, que también las hay.

Este es el caso de la escuela malagueña de pintura del siglo XIX, que comprende un conjunto de pintores de origen valenciano, coetáneos de Sorolla, que decidieron probar mejor fortuna en uno de los grandes focos industriales de la España de la segunda mitad de la centuria: Málaga. Si bien es cierto que todos los pintores que citaremos siguieron a un gran maestro, que fue Bernardo Ferrándiz (Valencia, 1835-Málaga, 1885), no todos ellos tuvieron la misma fortuna crítica dentro del desconocimiento general, como es el caso del autor que nos ocupa, Enrique Simonet (Valencia, 1866-Madrid, 1927) o Antonio Muñoz Degrain (Valencia, 1840-Málaga, 1924).

Obra de Enrique Simonet

El recorrido vital de todos ellos (al menos en los primeros estadios) es bastante semejante, puesto que habiendo pasado por la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, casi todos ellos obtuvieron la beca de Roma y entraron en contacto con nuevas sensibilidades estéticas que van desde el Naturalismo hasta la pintura científica (en sentido positivista) que se podía ver en Francia.

El caso de Enrique Simonet en ese sentido es un poco más particular, porque coincidiendo con la finalización de su periodo como becado en Roma (1887-1892), periodo en el que pintó dos de sus obras maestras como son La decapitación de San Pablo (1887) y Una autopsia (1890), marchará a Tierra Santa para embarcarse en un nuevo resurgir de la pintura religiosa, que trataba de mostrar a Cristo de un modo mucho más cercano y humanizado. Sobre el terreno palestino tomará las notas necesarias para pintar Flevit super illam en 1892.

Flevit super illam por Enrique Simonet

Una obra polisémica y «plurinominal»

Como le ocurre a todas las obras maestras, el impacto que producen es tan inmenso en espectadores de distintas generaciones que cada una de estas se apropia de su significado original, otorgándole a cambio otro acorde con los tiempos que corren.

Es el caso evidentemente de la obra de Simonet, que desconocemos exactamente cómo fue bautizada por su autor en 1890, pero que en una exposición en Francia poco tiempo después aparecía nombrada como El anatomista. En 1930 la obra entró en las colecciones del Museo de Arte Moderno (museo dedicado a los artistas contemporáneos que había sido creado en la década de 1890 y que estaba situado en el Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales, en el paseo de Recoletos de Madrid, actual sede de la Biblioteca Nacional y el Museo Arqueológico Nacional) como Una autopsia, que es el nombre oficial que tiene la obra en estos momentos.

Hasta entonces la interpretación de la obra de Enrique Simonet era bastante clara porque por temática estaba inequívocamente vinculada a la pintura científica de corte positivista que estaba proliferando en Francia en aquella época, por lo que el anciano que sostiene el corazón de la joven estaría apreciando la utilidad de dicho corazón para el avance de la medicina, sin juzgar ni por un instante la catadura moral de la muchacha muerta frente a él.

De este modo, en 1931 la obra fue transferida como depósito temporal al Museo de Bellas Artes de Málaga (condición que mantiene en la actualidad), siendo desde el principio una de las obras señeras de la institución, y por lo tanto, de las que más artículos se escribían en la prensa y que mayor expectación suscitaban. Fue en Málaga (con el paso de los años) donde se rebautizó la obra como ¡Y tenía corazón!, mostrando al forense perplejo ante el descubrimiento de que incluso aquella mujer de mala vida cuyo cadáver tenía presente, era capaz de albergar sentimientos.

Este cambio de título alteró completamente el relato de la gestación de la obra, pues en vez de ser una joven italiana que se había dado muerte al sentirse despechada por amor (conservándose cartas de la chica que corroboran la versión), se prefirió tirar de lugar común y aludir a su pelo rojizo para señalar que sería una de tantas prostitutas que aparecían ahogadas en el río Tíber (que es un tópico que tiene vigencia desde tiempos de Caravaggio).

Curiosamente y con el cierre del Museo de Bellas Artes de Málaga en 1996 para su reconversión en el actual Museo de Málaga, hubo grandes dificultades para que la obra volviese a la ciudad donde se había convertido en un icono. Esto fue así debido a que las obras en el Palacio de la Aduana se alargaron mucho más de lo esperado (hasta 2016 no se reabrió) y a que hubo una solicitud de finalización del depósito por parte del Museo Nacional del Prado en 2003 para intentar que la obra se reintegrase en sus colecciones.

Un icono de la ciudad de Málaga

Afortunadamente para los malagueños, no se llegó a este punto, por lo que pueden seguir contando con una de las mejores pinturas del arte español de finales del siglo XIX.

Además, desde el Museo de Málaga han sabido aprovechar perfectamente la atracción que suscita la obra tanto en el espectador autóctono como en el foráneo, habiendo creado todo un conjunto de merchandising en torno a la misma que es de lo más atractivo. De ese modo, una obra que fue creada en Roma, que estuvo viajando por exposiciones internacionales nada más ser creada, que ingresó en el Museo de Arte Moderno de Madrid y que finalmente lleva casi 90 años en Málaga, sirve como excusa para que este corazón delator incendie la imaginación de personas de todo el mundo que visitan la ciudad de Málaga.

 

Manuel Fernández Luccioni. Los Laberintos del Arte.

 

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