El náufrago que traducía poemas

En estas cuestiones temo lo siguiente: que acaso creas que te estás iniciando en los rudimentos de una doctrina irreverente o emprendiendo un camino de crímenes. Es al contrario, más a menudo esa religión provoca acciones criminales e irreverentes. (Lucrecio 1.80-83)

«Four sailors relaxing on deck, one reading», Thomas Streatfield, Sketchbook of Shipboard Scenes, 1820. Fuente: National Maritime Museum, Greenwich.

EL BARCO DONDE VIAJAMOS

El barco donde viajamos se traslada, aunque parezca que está quieto […]. Los astros todos parecen estar detenidos y fijos en la oquedad del éter, pero todos están en continuo movimiento. (Lucrecio 4.387-392)

El velero se disponía a salir de la bahía de Valparaíso cuando una corriente lo arrastró a una zona de rocas superficiales que destrozaron el casco. Era bastante habitual caer en aquella trampa, así que se reaccionó rápido; tanto los pasajeros como su valioso cargamento de libros, anotaciones y artilugios pudieron ser rescatados. Tardaron toda una noche y un día de junio de 1840.

Un año antes, Louis Antoine Vendel-Heyl, profesor de filología clásica de la Universidad de Francia, recibió una notificación. Lo mandaban a Lyon. Querían alejarlo de París. Lo estaban marginando a pesar del prestigio que había logrado traduciendo obras griegas y latinas, publicando diccionarios, manuales y antologías que tenían un gran éxito. Lo que pasaba es que Vendel-Heyl era sansimoniano. Defendía cierta forma de socialismo tecnocrático que pretendía abolir los privilegios heredados, contener la acumulación capitalista y favorecer la emancipación de la mujer. Cuando la doctrina de Saint-Simon fue reprimida, él se libró de la cárcel, pero, de momento, lo mandaban a Lyon.

Todo eso daba igual porque ahora estaba en Chile en un barco que se hundía. Al poco de comunicarle el cambio de destino, un grupo de caballeros adinerados le propusieron que fuese el profesor encargado de sus hijos en un buque escuela, el Oriental-Hydrographe. Darían la vuelta al mundo impartiendo lecciones de múltiples materias, realizando observaciones geográficas y probando máquinas recién inventadas. Sonaba mejor que Lyon, así que aceptó y embarcó con su hijo Émile, también profesor. Pasaron por Canarias, Río de Janeiro, Montevideo y ahora, en Valparaíso, intentaban no ahogarse.

 

 

Fotografía de la Universidad de Chile, donde ejerció Vendel-Heyl, editor de Lucrecio, como profesor.
Universidad de Chile, Odber Heffer, ca. 1900. Fuente: Cultura Digital UPD.



POR GRACIA DIVINA

A todos los mortales los envuelve el miedo ese de que ven que en la tierra y en el cielo se producen muchas cosas sin que puedan ellos de ninguna manera acertar a ver las causas de tales acciones, y piensan que suceden por gracia divina. (Lucrecio 1.151-154)

Mientras los demás buscaban la forma de volver a casa, los Vendel-Heyl decidieron quedarse, pues Francia no les resultaba especialmente acogedora. Tampoco Chile fue fácil, empezaban de cero; por lo pronto, sobrevivieron dando clases particulares en Santiago.

Quizá por gracia divina, en aquel preciso momento, el sistema educativo chileno estaba transformándose profundamente. En 1842 se fundó la Universidad de Chile, mientras que el Plan de Estudios Humanista rediseñaba la educación secundaria de la futura élite. Quizá por gracia divina, Andrés Bello, el impulsor de aquellos proyectos, se enteró de la existencia de Vendel-Heyl.

Era imposible encontrar a alguien más adecuado. Fue incorporado como profesor de la universidad y encargado, con Émile, de las nuevas materias humanísticas del Instituto Nacional. Además, redactó el manual de latín para secundaria (Sumario de la historia de Grecia y Roma, 1848), aplicando su propia visión pedagógica: traducir textos antiguos solo tenía sentido si el alumno comprendía su contexto histórico y cultural.

Su celebrado trabajo facilitó que se le encomendase un proyecto más ambicioso: publicaría una colección de libros con una selección comentada de los fragmentos más importantes de la literatura latina para su estudio universitario. Los dos primeros tomos los dedicó a Plauto y Terencio (Ensayos analíticos i críticos, 1850 y 1851); aparte de su calidad, ambos invitaban a pensar acerca de la esclavitud y las relaciones de poder, lo que encajaba bien en su búsqueda de la reflexión. Pero fue el tercero, sobre Catulo, Manilio y Lucrecio, el que desató la oscuridad.



UNA VISIÓN FUNDAMENTADA DE LA NATURALEZA

Este terror del alma, pues, y estas tinieblas es menester que los disipen no los rayos del sol ni los dardos lucientes del día, sino una visión fundamentada de la naturaleza. (Lucrecio 6.39-41)

Manuscrito de Lucrecio de 1483.
Manuscrito de De rerum natura de Lucrecio, copia de Girolamo di Matteo de Tauris, 1483. Fuente: Wikimedia Commons.

El problema era Lucrecio. Su obra De rerum natura condensó para el lector romano toda la filosofía de Demócrito y Epicuro en un hermoso poema. Evocando poderosas imágenes del cosmos, la naturaleza y el comportamiento humano, transmitió los principios del atomismo, que el mundo está compuesto por partículas minúsculas que se reordenan constantemente para conformar la materia; que son las leyes naturales las que rigen esas transformaciones, no los dioses ni el destino; que el alma no es inmortal, sino algo inseparable de la mente y el cuerpo; que la religión no cumple ninguna función útil para la humanidad, solo la embauca con mitos y la atemoriza con normas; que toda institución humana debe ser un simple pacto para hacer la vida terrenal más digna. El poema quería ser un mensaje liberador contra el miedo a la muerte y el castigo divino, una llamada al disfrute racional de la vida.

 

No es raro que esta doctrina fuese atacada por la Iglesia, que los libros que la defendían ardiesen. Cuando en el Renacimiento se descubrió el único manuscrito superviviente de la obra de Lucrecio, supuso una revolución en el pensamiento moderno: inspiró a Giordano Bruno y Montaigne, a Galileo y Newton. Su perspectiva materialista y antirreligiosa lo convirtió después en buque insignia de la Ilustración radical y el socialismo en los siglos xviii y xix. Aquel poema navegaba por los siglos sembrando dudas esenciales, estimulando la razón y la ciencia, chocando constantemente contra los defensores del dogma.

NO SE DESTRUYE

No se destruye, por tanto, sin más todo lo que parece, puesto que la naturaleza rehace una cosa a partir de otra. (Lucrecio 1.262-264)

Desde que se anunció la publicación le llovieron las críticas desde los sectores católicos, difamándolo, atacándolo personalmente. Era una excusa. El conservador Manuel Montt acababa de convertirse en presidente y varios profesores liberales fueron reemplazados por miembros del clero. Realmente, Vendel-Heyl fue muy precavido; él era creyente y advirtió que Lucrecio exageraba: «del fango de su escepticismo levanta el vuelo a las más encumbradas alturas». Daba igual, ya estaba condenado y aquel poema era su soga.

Intentaron convencerlo de que retirase el libro o se jubilase anticipadamente, pero se negó. Finalmente, en 1852 el Gobierno lo despidió y suspendió la colección por «haberse publicado pasajes de Plauto y Lucrecio que pueden ofender la moralidad y las sanas ideas de la juventud». Aquel volumen llegó a imprimirse, pero nunca circuló.

Fue apartado en Chile como lo había sido en Francia. De nuevo, se concentró en sobrevivir; vendió sus libros, incluidos aquellos que rescató del naufragio, y volvió a las clases particulares. Con el tiempo, Bello consiguió que se reactivase el proyecto con la promesa de vigilar su contenido, pero ya era tarde. Su salud se había deteriorado mucho y el fallecimiento de sus tres hijos consumió sus pocas energías. Murió en 1854 con toda discreción.

Apenas conoceríamos esta historia si no fuese porque Diego Barros Arana, un indignado alumno suyo y futuro rector de la Universidad, le dedicó unas páginas. Así las ideas, igual que la materia, tienen la extraña capacidad de adaptarse y pervivir, como aquella ocurrencia de seleccionar fragmentos de Lucrecio.

En consecuencia la religión queda a nuestros pies pisoteada y a nosotros, por contra, su victoria nos empareja con el cielo. (Lucrecio 1.78-79)

Para leer más

Barros Arana, D. (1911) [1873]. Don Luis Antonio Vendel-Heyl. En D. Barros Arana, Obras completas de Diego Barros Arana. Tomo XI (185-230). Santiago de Chile: Imprenta Cervantes.

Estefane Jaramillo, A. (2006). De naufragios e infortunios. Louis-Antoine Vendel-Heyl en Chile. En J. L. Ossa (ed.), Historias del siglo diecinueve chileno (71-98). Santiago de Chile: Vergara.

Socas, F. (trad.). (2003). Lucrecio. La naturaleza. Madrid: Gredos.

Tomás Aguilera Durán


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